Recuerdo que cuando era pequeña veía Hannah Montana o Los Magos de Waverly Place y pensaba constantemente: “qué chicas tan guays son Miley Cyrus y Selena Gómez, ojalá ser como ellas de mayor”.
Evidentemente me parecía que las personalidades de ambas en las series eran muy divertidas y atrevidas, pero desde luego para mí no era lo más importante. Lo que más conseguía llamar mi atención era la ropa que utilizaban.
Y últimamente es un pensamiento muy recurrente en mi cabeza el: “vístete para hacer sentir admiración a la niña de ocho años que llevas dentro”. Y creo que esa es la clave de nuestra propia esencia y algo que olvidamos frecuentemente cuando crecemos y vamos siendo más conscientes del mundo que nos rodea.

Porque aunque tan solo fuésemos niñas, teníamos menos miedo a demostrar lo que nos gustaba y qué no. Y es que, ¿cuáles eran nuestros personajes preferidos en todas las series que veíamos? Aquellos con los que nos sentíamos más identificados o a los que aspirábamos a ser. Recuerdo que podías intuir perfectamente cuál era la Winx preferida de cualquiera de tus amigas incluso sin que ellas lo mencionasen. Las que preferían a Stella solían ser más atrevidas y coquetas por ejemplo, frente a aquellas que nos quedábamos con Flora que éramos mucho más tímidas y reservadas.
Justo por eso debemos guiarnos del instinto de esa niña pequeña que todos seguimos llevando dentro, hacerla sentir orgullosa. Aunque, a medida que creces, a veces es complicado recordar quién quería ser tu versión más pequeña, tú misma.

¿Quién era yo antes de empezar a preocuparme por quién debía ser? Creo que es una pregunta bastante frecuente en nuestros veintes, cuando más perdido te sientes y más cuesta seguir tu propio camino. Porque puede que el camino correcto no sea el mismo para ti misma que para el resto y, por desgracia, muchas veces las críticas y los juicios ajenos nos pesan más que los propios.
A medida que crecemos, sobre todo en nuestra adolescencia, nos alejamos de esa esencia propia de la infancia para “encajar” con el resto. Buscamos la aprobación externa, nos centramos tanto en gustar al resto que nos olvidamos de lo que realmente nos gusta a nosotros mismos, lo que nos hace ser diferentes. Por eso muchas veces terminamos sintiéndonos algo perdidos, preguntándonos si por las mañanas nos vestimos para gustarnos o para gustar. Y en muchos casos, lamentablemente, para gustar.

¿Este look le gustaría a mi yo de ocho años? ¿Me vería por la calle y diría: ‘yo de mayor quiero ser como ella’? Esas son las preguntas que debemos hacernos cada mañana delante del espejo. Preocuparnos por si nuestras versiones más pequeñas estarían orgullosas de nosotras. Recordar cómo queríamos ser de mayores.
Porque sí, efectivamente con los años todos vamos cambiando, evolucionando y creciendo en todos los aspectos. Pero siempre hay una parte de nosotros que debe permanecer con el paso del tiempo: nuestra esencia. Y la forma más fácil de materializarla, de empatizar con ella, es recordándonos a nosotros mismos de pequeños. Porque nadie querría decepcionar nunca a ese niño o esa niña pequeña que se imagina a sí mismo de mayor y sonríe, todo lo contrario.

Tampoco quiero decir que nuestra niña interior hubiese tenido razón en todo, claro que no. Pero existe un equilibrio entre eso y dejarse llevar por lo que esperan los demás y no lo que realmente una misma quiere. Se trata de recuperar su capacidad de admirar sin preguntarse si estaba permitido hacerlo. Porque cuando era pequeña no miraba a Selena Gómez y me preguntaba si le gustaría a alguien más o no. No, le preguntaba a mi madre si podía ponerme yo también un jersey enseñando el hombro de color amarillo con unos pantalones pitillos rosas porque era lo que me gustaba. Sin pensar ni por un segundo en si alguien iba a juzgarlo.
La pregunta en realidad no es si mi yo de ocho años querría ponérselo, sino si a mi yo actual le gusta de verdad y se siente ella misma o se ve influida por el resto. Porque lo más importante es que seamos capaces de recuperar la seguridad en nosotras mismas, en nuestro gusto propio. Recuperar nuestro criterio y nuestra identidad.

Por eso, de vez en cuando, deberíamos volver a preguntarnos qué pensaría aquella niña de ocho años al vernos ahora. No para vestir como ella, ni para intentar convertirnos en la persona que imaginábamos entonces, sino para comprobar que, entre todas las versiones que hemos ido construyendo con los años, todavía queda algo de aquella que sabía perfectamente lo que le gustaba. Quizá vestir como admirábamos de niñas no sea vestir como nuestras referentes de entonces, sino volver a sentir que cuando nos miramos al espejo hay alguien a quien nosotras también admiramos.






