Mi prima de tres años está obsesionada con el rosa. Quiere tenerlo todo de ese color. Eso me hizo recordar que yo a su edad era igual. En pleno 2026, gracias a mucho activismo, todos, o casi todos, sabemos que los colores no tienen género. Ni el azul es de chicos ni el rosa es de chicas, pero no puedo negar lo evidente que es que a una gran mayoría de nosotras nos encanta este color.
¿Preferencia cultural o biológica?
Se ha hablado muchas veces de que algunos hombres rechazan el rosa porque es un color asociado a la mujer y esto podría “dar mala imagen a su masculinidad”, por pura misoginia, vaya, pero, por el contrario, ¿por qué tantas chicas sienten esa gran atracción por el rosa? ¿Es una preferencia cultural o biológica?
¿Llevamos el rosa en las venas?
Empecé a investigar para resolver esta gran duda y acabé siendo bombardeada por el mismo estudio de 2007 de la Universidad de Newcastle una y otra vez: ‘Biological components of sex differences in color preference’. Este estudio sostiene que las mujeres prefieren el rosa debido a que en la prehistoria éramos recolectoras y nuestro cerebro se especializó en reconocer frutos rojos que destacaban sobre el fondo.
Os preguntaréis cómo llegaron a la conclusión de que esta preferencia es biológica. Pues se reunió a 208 personas adultas y se les sometió a un experimento en el que se les mostraban diferentes tonos de rojo y azul, entre otros colores. El azul ganó el premio al color favorito, pero los investigadores notaron que las mujeres eligieron matices de azul más rojizos. Además, dieron por sentado que no era algo cultural, ya que 37 de los sujetos del experimento habían nacido en China, mientras que el resto eran británicos.
Aunque este estudio estaba por todos lados, decidí seguir buscando información, ya que no me convencía. La muestra de 208 personas me pareció muy pequeña y poco variada. Además, desde mi punto de vista, el experimento tiene varias limitaciones. Creo que descartan demasiado rápido que la preferencia por el rosa pueda ser cultural. Vivimos en un mundo globalizado y, también en 2007, por lo que a la población china podían afectarle los mismos estereotipos que a la británica. Si esa preferencia es cultural, es probable que afecte a los dos grupos de forma similar.
La respuesta no estaba en la ciencia, sino mucho más cerca de lo que pensaba
Seis años después se realizó un estudio con el pueblo Himba de Namibia, que descubrió que las mujeres de esta comunidad no presentaban preferencia por los tonos rojizos. Por lo tanto, mi pregunta acerca de por qué nos atrae tanto el rosa seguía sin resolverse.
Entonces fue cuando recordé esos catálogos de las jugueterías que llegaban a mi casa cuando se acercaba la Navidad, divididos en páginas azules y rosas. Quizás ahí estaba la respuesta de la duda que me atormentaba: en la publicidad.

(vía Daily Mail en Pinterest)
Según cuenta la historiadora Jo B. Paoletti, en su libro ‘Pink and Blue: Telling the Boys from the Girls in America’, publicado en 2012 por Indiana University Press, antes de la Primera Guerra Mundial, los bebés vestían de blanco en Estados Unidos, independientemente de su género. Alrededor de 1920 es cuando se hizo la distinción de colores por género, pero no exactamente como la conocemos ahora. El rosa, al ser un color fuerte, se asociaba a los niños y el azul, al transmitir delicadeza, se le adjudicó a las niñas.
Pero, entonces, ¿cuándo comenzó la distinción que conocemos actualmente?
Tras la Primera Guerra Mundial los uniformes militares comenzaron a teñirse de tonos apagados y dejaron atrás colores como el rojo, que dejó de asociarse a lo masculino. El rosa, entonces, pasó a venderse como “el color de las princesas”.

Según el artículo ‘El rosa, más que un color femenino’, publicado en mayo de 2021 por la firma textil Gratacós, la moda reformista plantó la semilla por la que los niños comenzaron a vestir de azul, ya que trajo consigo la moda del azul índigo y los trajes de marinero. Además, Belén Lázaro asegura en su artículo ‘El gran engaño del rosa y el azul: cómo el marketing dictó la moda de nuestros hijos’, publicado en marzo de 2026, que la industria textil, con el fin de ganar más dinero, apostó por esta diferencia cromática para que los hermanos no pudiesen heredar la ropa si no eran del mismo género. Fue entonces, a partir de 1940, cuando se popularizó el rosa como color femenino y, a lo largo de los años, este estereotipo se ha ido reforzando.
¿Me encanta verdaderamente el rosa o me gusta tanto porque me han enseñado a que me guste?
Realmente no tengo una respuesta clara.
Tras años consumiendo cosas que se supone que están hechas para mí y que me tienen que gustar, he acabado cayendo en ellas. Sé que hay chicas que saben desde el primer momento que ese tipo de cosas no les gustan, pero esa no ha sido mi infancia, ni mi adolescencia, y sigue sin serlo ahora.
Siempre me ha interesado la moda, las revistas “para chicas”, hacerme las uñas y el color rosa. Me gusta, sí, pero no sé si realmente me gustaría si no hubiese estado tan saturada por todos lados con esa información desde pequeña, si no me hubiesen regalado siempre ese tipo de juguetes, si hubiese tenido referentes que hiciesen algo diferente. Porque cuando pruebo otras cosas que se supone que no son para chicas, también me gustan. Lo que pasa es que no me pongo a ello, nunca me pongo, porque en el fondo pienso que no es para mí.
De hecho, aunque las cosas consideradas “de chicas” siempre han formado parte de mí, hubo una época en la que renegué del rosa: mi adolescencia. En ese momento sí quise desvincularme de él. En parte, para no caer en estos estereotipos, y en parte también para no ser percibida como una niña pequeña. Y esto es algo que nos pasa a muchas: tenemos nuestra etapa de odiarlo después de haberlo amado, solo porque queremos huir de esos clichés.
Quizás sí que me gusta el rosa. Me he dado cuenta de estos estereotipos y me ha vuelto a gustar al hacerme mayor, pero quizás ahora me influyen otro tipo de estereotipos que ya no tienen que ver con princesas o dibujos animados. Lo único que sé es que me gusta. No sé si, en cierta medida, me han obligado a que me guste o si me atrae libremente. Si me seguiría gustando a pesar de todo.

Con esto no quiero decir que os tengáis que sentir mal porque os guste el rosa. No creo que sea justo volver a esa fase de la adolescencia por la que muchas hemos pasado de odiar este color y no creo que sea la solución. Pero sí pienso que con toda esta moda que vemos en redes de volver a abrazar el rosa después de haberlo odiado, estamos cayendo un poco en los mismos estereotipos que se nos han impuesto, al asociarlo con el color de “las girls” y a una estética “femenina”. Deberíamos intentar que el rosa vuelva a ser simplemente un color y, de esta forma, no tendríamos que preguntarnos por qué es nuestro color favorito.





