“Creían que el Gran Hermano se encarnaría en una potencia exterior, totalitaria, autoritaria, contra la cual habría que rebelarse. Pero el Gran Hermano no había tenido ninguna necesidad de imponerse. El Gran Hermano había sido acogido con los brazos abiertos y el corazón ávido de likes, y cada cual había aceptado ser su propio verdugo. Las fronteras de lo íntimo se habían desplazado. Las redes sociales censuraban las imágenes de tetas y culos. Pero a cambio de un clic, de un corazón, de un pulgar levantado exponíamos a nuestros hijos, a nuestra familia, contábamos nuestra vida.”
Los reyes de la casa, Delphine de Vigan
No hace falta imaginar un Estado totalitario, una habitación llena de pantallas o una figura omnisciente que nos observa desde algún lugar para hablar de vigilancia en la actualidad. Hay algo más cotidiano en esta sensación de sentirnos observados y, tal vez por ello, más difícil de detectar: la posibilidad de que la mirada del otro termine instalándose dentro de nosotros.
Sentirnos observados cambia nuestra manera de habitar un espacio. Bajar la voz, pensar dos veces antes de hablar o actuar, descartar un gesto, una palabra o una conducta porque sabemos —o sospechamos— que alguien puede estar mirando. La vigilancia no siempre necesita intervenir para producir efectos, basta con la posibilidad de ser vistos.
Y esa posibilidad no pertenece únicamente a las cámaras de seguridad o a los espacios institucionales. Está también en el teléfono que llevamos en el bolsillo, en las aplicaciones que decidimos usar, en las fotografías que decidimos publicar, en los mensajes que escribimos y borramos antes de enviar… Ya no se trata solamente de quién nos vigila, sino de cuánto hemos aprendido a vigilarnos nosotros mismos.
Hay una diferencia, sin embargo, entre ser observado y sentirse observado. La primera requiere una mirada efectiva; la segunda puede funcionar incluso cuando no sabemos si alguien está mirando. Esa incertidumbre es suficiente para modificar nuestra conducta; la vigilancia puede existir o no, pero lo importante es que nosotros no podemos saberlo.
El panóptico de Bentham
Mucho antes de que existieran las cámaras, los teléfonos inteligentes o las redes sociales, el filósofo utilitarista Jeremy Bentham imaginó una prisión que partía de la idea de hacer posible que una persona pudiera ser observada en cualquier momento sin que supiera cuándo estaba siendo observada.
Se trata de un proyecto de prisión basado en un principio aparentemente sencillo: situar a los presos alrededor de una torre central desde la que pudieran ser observados sin saber cuándo lo estaban siendo. La estructura era aparentemente sencilla: un edificio circular dividido en celdas, dispuestas alrededor de una torre central. Cada celda estaría abierta hacia el interior para permitir su observación desde la torre, mientras que la disposición de esta impediría al preso saber con certeza cuándo estaba siendo vigilado. El guardia podía encontrarse allí o no, lo decisivo era que el preso nunca pudiera comprobarlo.

La originalidad del proyecto no estaba, por tanto, en hacer posible la vigilancia, algo que cualquier prisión ya necesitaba, sino en modificar la relación entre quien observa y quien es observado. En una cárcel convencional, el preso podía identificar al vigilante, saber cuándo estaba presente y, al menos en cierta medida, distinguir los momentos en los que estaba siendo controlado de aquellos en los que no. En el Panóptico, esa distinción desaparecía. Si no era posible saber cuándo se producía la vigilancia, la única manera de asegurarse de no infringir las normas era comportarse en todo momento como si alguien estuviera mirando.
Bentham entendió que esa incertidumbre podía convertirse en una herramienta de disciplina. No era necesario colocar un guardia frente a cada celda ni mantener una vigilancia ininterrumpida sobre cada preso. Bastaba, sin embargo. con construir un espacio en el que todos pudieran ser observados y ninguno pudiera saber exactamente cuándo lo estaba siendo. La arquitectura, de este modo, sustituía parte del trabajo que hasta entonces había requerido la presencia física y constante de la autoridad. El edificio no solo encerraba a los presos: organizaba su conducta.
Pero El Panóptico no llegó a construirse exactamente como Bentham lo había diseñado. El filósofo dedicó años de su vida esfoerzándose para conseguir que su proyecto penitenciario fuera adoptado, pero murió en 1832 sin haber visto levantada aquella prisión. Sin embargo, el modelo que había planteado tuvo una influencia considerable en el desarrollo posterior de la arquitectura penitenciaria. Durante los siglos XIX y XX proliferaron cárceles organizadas mediante estructuras radiales, con galerías que partían de un espacio central y que facilitaban la supervisión de los internos. No todas eran panópticos en sentido estricto, y sería incorrecto presentar cualquier prisión radial como una reproducción del proyecto de Bentham, pero muchas compartían con él una misma preocupación: convertir la disposición del espacio en un instrumento de vigilancia y disciplina.
Uno de los ejemplos más conocidos fue la prisión de Pentonville, en Londres, inaugurada en 1842. Su diseño radial, con cinco alas que partían de un núcleo central, se convirtió en una referencia para la arquitectura penitenciaria posterior y fue reproducido, con diferentes modificaciones, en otros países. La prisión no era una aplicación exacta del Panóptico de Bentham: los presos permanecían sometidos a un régimen de aislamiento y las posibilidades reales de observación eran distintas a las previstas en el proyecto original. Pero su importancia reside precisamente en mostrar cómo aquella idea había comenzado a desprenderse de su diseño concreto para convertirse en un principio arquitectónico más amplio: concentrar la vigilancia y distribuir a los individuos de manera que pudieran ser controlados con la mayor eficacia posible.
En España pueden encontrarse ejemplos especialmente significativos de esta tradición. La antigua Cárcel Modelo de Barcelona, inaugurada en 1904, fue diseñada por Salvador Vinyals y Josep Domènech i Estapà siguiendo una planta radial de seis galerías que convergían en un cuerpo central. El propio Ayuntamiento de Barcelona señala la influencia de las tesis de Bentham en su concepción. La prisión permaneció abierta durante más de un siglo y se convirtió en uno de los espacios penitenciarios más emblemáticos de la ciudad, además de estar estrechamente vinculada a la historia política de la Barcelona del siglo XX, especialmente durante la dictadura franquista.
Algo parecido sucede con Carabanchel, en Madrid, construida entre 1940 y 1944 por el régimen franquista. Su proyecto incorporó una estructura radial que partía de un núcleo central y que fue ampliándose posteriormente hasta alcanzar ocho brazos. Como en el caso de La Modelo, no se trataba de una reproducción exacta del Panóptico original, pero sí de una arquitectura que heredaba parte de aquella lógica: concentrar en un punto la capacidad de supervisión y organizar el espacio penitenciario alrededor de ella. Carabanchel, además, permite observar cómo estas formas arquitectónicas quedaron asociadas a contextos históricos muy distintos, desde la prisión ordinaria hasta la represión política de la dictadura.
Lo importante, sin embargo, no es determinar qué prisión fue una copia más fiel del dibujo de Bentham. La influencia del Panóptico resulta más interesante cuando se entiende como una transformación de la manera de ejercer el poder. Su aportación fundamental no fue inventar la vigilancia penitenciaria, sino plantear que el espacio podía conseguir algo más sofisticado: que una persona modificara su comportamiento a partir de la posibilidad de ser observada, incluso cuando no existiera una vigilancia efectiva en ese momento.

Dos siglos después: Michel Foucault
Cuando Foucault publica ‘Vigilar y castigar’ en 1975, el Panóptico deja de interesarle como un proyecto concreto de arquitectura penitenciaria y pasa a convertirse en una herramienta para comprender una transformación mucho más amplia de las sociedades modernas. Lo que analiza Foucault no es tanto la existencia del panóptico como edificio, sino su eficacia como modelo de poder. Para él, el panóptico funciona porque consigue que la vigilancia sea permanente en sus efectos, aunque no lo sea en su ejercicio.
No hace falta, por tanto, que el vigilante esté observando constantemente. Basta con que el observado no pueda saber cuándo lo está siendo. A partir de ahí, la vigilancia deja de ser un acto externo y puntual para convertirse en una posibilidad interiorizada. El sujeto comienza a comportarse como si estuviera siendo observado incluso cuando nadie está mirando. La autoridad ya no necesita intervenir a cada momento porque la posibilidad de su mirada ha comenzado a formar parte de la conducta de quien está sometido a ella.
En ese desplazamiento se produce una transformación decisiva. El poder deja de depender exclusivamente de la presencia física de quien vigila y empieza a operar a través de los propios individuos. La persona que sabe que puede estar siendo observada ajusta su comportamiento, controla sus gestos, sus palabras y sus movimientos, anticipándose a una posible intervención que quizá nunca llegue. La vigilancia, en otras palabras, comienza a funcionar incluso cuando permanece invisible.
Para Foucault, este mecanismo no pertenece exclusivamente a la prisión. El modelo panóptico permite entender también otras instituciones modernas —la escuela, el hospital, el cuartel, la fábrica— en las que observar, clasificar, comparar y corregir forman parte de la organización cotidiana. La cuestión deja de ser únicamente cómo encerrar a una persona y pasa a ser cómo conseguir que los individuos adopten determinadas conductas sin necesidad de una intervención constante de la autoridad.
Y es aquí donde el Panóptico adquiere una dimensión que va mucho más allá de sus muros. Porque si la vigilancia consigue instalarse en la conducta del individuo, entonces ya no necesita estar siempre representada por una torre, un guardia o una celda. Puede aparecer allí donde exista la posibilidad de ser observado. La pregunta deja entonces de ser quién vigila a quién en un momento concreto y pasa a ser otra, mucho más cercana a nuestra vida cotidiana: qué hacemos con nosotros mismos cuando sabemos que podemos estar siendo observados.
Del preso al ciudadano
Si el panóptico permite entender cómo una persona puede acabar regulando su propia conducta a partir de la posibilidad de ser observada, la siguiente pregunta es inevitable: ¿qué queda de ese mecanismo cuando desaparecen las paredes de la prisión? Foucault lo llevó mucho más allá de la arquitectura penitenciaria, pero basta con trasladarlo por un momento a la vida cotidiana para comprobar hasta qué punto la lógica resulta reconocible. Ya no hace falta estar encerrado en una celda para preguntarnos quién nos está mirando. Basta con entrar en una oficina en la que hay cámaras, caminar por una calle vigilada, sentarse en una biblioteca con otros estudiantes o sacar el teléfono para publicar algo sabiendo que varias personas van a verlo.
La diferencia entre el preso y el ciudadano no es, por supuesto, que ambos estén sometidos al mismo grado de vigilancia. Sería una comparación desproporcionada y simplista. La cuestión es otra: la vigilancia puede producir efectos similares incluso en contextos que nada tienen que ver con una prisión. Una persona que trabaja delante de una cámara puede comportarse de manera diferente cuando sabe que está siendo grabada; alguien que entra en una tienda puede ser más consciente de sus movimientos al ver los dispositivos de seguridad; quien escribe un comentario en internet puede decidir no publicarlo porque sabe que permanecerá asociado a su nombre. En todos estos casos, la pregunta no es únicamente si alguien está mirando, sino cómo cambia nuestra conducta cuando sabemos que existe la posibilidad de que lo haga.
La psicología social lleva décadas estudiando precisamente esa relación entre observación y comportamiento. Uno de los conceptos más conocidos es el efecto Hawthorne, una denominación que procede de una serie de investigaciones realizadas en la fábrica Hawthorne Works, en Illinois, durante las décadas de 1920 y 1930. El término se utiliza para describir la modificación del comportamiento que puede producirse cuando una persona sabe que está siendo observada o que su conducta está siendo evaluada. La idea parece intuitiva: si sabemos que alguien está prestando atención a lo que hacemos, podemos actuar de otra manera que cuando creemos que nadie nos observa. Sin embargo, la investigación posterior ha matizado considerablemente las conclusiones que suelen atribuirse a aquellos estudios. Las revisiones sistemáticas encuentran indicios de cambios de conducta asociados a la observación, pero también advierten de que el llamado efecto Hawthorne es un fenómeno complejo, cuyo alcance y mecanismos no pueden reducirse a una única explicación.
En términos cotidianos, el mecanismo resulta fácil de reconocer. No nos comportamos exactamente igual cuando estamos solos que cuando alguien entra en la habitación. Tampoco hablamos igual en una conversación privada que delante de un grupo, ni trabajamos necesariamente de la misma manera cuando sabemos que nuestro rendimiento está siendo evaluado. La presencia de una mirada ajena introduce una variable nueva: empezamos a ser conscientes de nosotros mismos como objeto de observación. Dejamos de estar únicamente concentrados en lo que hacemos y comenzamos, en cierta medida, a pensar en cómo estamos siendo vistos mientras lo hacemos.
Ese matiz es importante para entender la relación con el panóptico. El efecto Hawthorne parte de una observación conocida o percibida que puede alterar nuestra conducta. El panóptico, en cambio, funciona precisamente a partir de la incertidumbre: no sabemos si estamos siendo observados, pero sabemos que podríamos estarlo. En un caso, la presencia de la mirada modifica nuestro comportamiento; en el otro, la posibilidad de la mirada puede bastar para hacerlo. Ambos fenómenos apuntan, desde lugares distintos, hacia una misma cuestión: la mirada de los demás puede introducirse en nuestra propia forma de comportarnos.

Pero existe una consecuencia todavía más profunda cuando esa posibilidad de vigilancia no se limita a un momento concreto, sino que empieza a acompañarnos. Ya no se trata simplemente de comportarse mejor porque alguien está mirando, sino de evitar determinados comportamientos porque podrían tener consecuencias si alguien llegara a verlos. Es aquí donde aparece el llamado efecto inhibidor, o chilling effect, un concepto especialmente relevante para comprender la vigilancia contemporánea.
El efecto inhibidor describe una forma de autocensura: ante la posibilidad de ser vigilada, registrada o identificada, una persona puede renunciar a una conducta que, en ausencia de esa vigilancia, habría realizado. No hace falta que exista una prohibición explícita ni que alguien haya amenazado con una consecuencia concreta. La posibilidad de que algo pueda ser observado y eventualmente utilizado en nuestra contra puede ser suficiente para que decidamos no hacerlo. En el ámbito digital, por ejemplo, investigaciones sobre vigilancia y recopilación de datos han relacionado esa percepción con una menor disposición a expresar opiniones, buscar determinada información o participar en determinadas formas de comunicación.
La diferencia respecto al efecto Hawthorne puede parecer pequeña, pero cambia completamente la pregunta. En el primero, la observación puede hacer que hagamos algo de una manera diferente. En el segundo, la posibilidad de ser observados puede hacer que decidamos no hacerlo. Uno modifica la conducta; el otro puede impedir que llegue a producirse.
Pensemos en algo tan sencillo como escribir una opinión en internet. Una persona puede tener una determinada posición sobre un asunto y, al mismo tiempo, decidir no expresarla porque sabe que el comentario quedará asociado a su identidad, podrá ser leído por compañeros de trabajo o familiares y permanecerá disponible mucho después de que haya dejado de pensar en él. No es necesario que nadie le diga que se calle. La propia posibilidad de exposición puede resultar suficiente para que borre el comentario antes de publicarlo. La vigilancia, en este caso, no necesita producir una sanción: produce anticipación.
Ese mecanismo resulta especialmente relevante porque introduce una forma de control mucho más difícil de percibir. Una prohibición es visible: alguien nos dice que no podemos hacer algo. La autocensura que provoca la sensación de vigilancia es mucho más silenciosa. Desde fuera, no hay necesariamente ningún conflicto, ninguna orden y ninguna intervención. Simplemente hay cosas que dejamos de hacer. Investigaciones sobre vigilancia digital han señalado precisamente este riesgo: la percepción de estar sometidos a una recopilación y análisis constante de nuestros rastros digitales puede favorecer la autocensura, la conformidad y una especie de obediencia anticipada.
Aquí es donde el ciudadano empieza a parecerse, aunque sea de una manera muy distinta, al preso del Panóptico. No porque nuestra vida cotidiana sea una prisión ni porque toda cámara implique automáticamente una forma de opresión, sino porque aparece el mismo principio que Foucault había identificado: la vigilancia resulta especialmente eficaz cuando consigue modificar nuestra conducta antes de tener que intervenir.
El preso del Panóptico aprende a comportarse como si estuviera siendo observado. El ciudadano contemporáneo puede aprender algo parecido, aunque en escenarios mucho más cotidianos y menos evidentes: hablar como si alguien pudiera escuchar, publicar como si alguien pudiera juzgar, moverse como si una cámara pudiera registrar sus pasos, escribir como si cada palabra pudiera quedar almacenada. Y cuanto más habitual se vuelve esa posibilidad, menos necesitamos pensar conscientemente en ella. La vigilancia deja de ser un acontecimiento y empieza a convertirse en el fondo sobre el que tomamos decisiones.
Es entonces cuando la pregunta inicial adquiere otra dimensión. ¿Quién eres cuando nadie te vigila? Quizá no podamos responderla simplemente imaginando qué haríamos en ausencia de cámaras, guardias o pantallas. Porque una parte de la vigilancia contemporánea no consiste en que alguien esté mirando, sino en haber aprendido a vivir teniendo en cuenta que alguien podría hacerlo. El problema ya no es únicamente la existencia de una mirada exterior, sino la posibilidad de que esa mirada haya terminado formando parte de la nuestra.
Soy mirada pero también soy la que mira
Hasta ahora, la vigilancia ha aparecido como una relación aparentemente desigual: alguien observa y alguien es observado. Es la estructura más intuitiva y también la que hemos heredado del panóptico de Bentham. Hay un punto desde el que se mira y otro desde el que se es mirado. Sin embargo, esa relación se vuelve mucho más compleja cuando dejamos de pensar en la vigilancia como algo que simplemente nos sucede y nos preguntamos por nuestra propia posición dentro de ella. Porque no solo somos objeto de miradas. También miramos, seleccionamos, registramos, interpretamos y juzgamos. Somos, al mismo tiempo, quienes aparecen dentro del encuadre y quienes deciden qué queda dentro de él.
La cineasta francesa Agnès Varda dedicó buena parte de su obra a explorar precisamente esa tensión entre mirar y ser mirada. Su cine parte con frecuencia de la observación de personas, lugares y escenas cotidianas, pero nunca presenta la cámara como una herramienta neutral. Filmar implica elegir dónde colocarse, qué mostrar y qué dejar fuera. También implica reconocer que detrás de cada imagen existe una persona que observa. En Los espigadores y la espigadora (2000), por ejemplo, Varda convierte esa conciencia de la mirada en parte del propio relato: mientras recorre Francia para filmar a quienes recogen los restos de las cosechas, también se filma a sí misma, muestra su cuerpo, su envejecimiento y el propio dispositivo con el que está grabando. La mujer que mira a los demás aparece también ante nuestra mirada.
Ahí reside una de las cuestiones más interesantes de su obra: quien mira tampoco está fuera de aquello que observa. La cámara puede parecer colocarnos en una posición de control, pero también nos convierte en parte de la escena. Varda no oculta ese intercambio, sino que lo hace visible. La mirada deja de ser una dirección única —yo observo, tú eres observado— para convertirse en una relación en la que ambas posiciones pueden intercambiarse.
Esta idea permite volver a la vigilancia desde otro lugar. En la vida cotidiana, tampoco ocupamos siempre el mismo lado de la cámara. Entramos en un espacio vigilado y somos observados; pero, al mismo tiempo, sacamos el teléfono y fotografiamos a otras personas. Publicamos una imagen y nos convertimos en objeto de comentarios, pero también observamos las vidas de quienes aparecen en nuestro teléfono. Miramos sus fotografías, seguimos sus movimientos, interpretamos sus gestos y construimos una idea de quiénes son a partir de aquello que deciden mostrarnos. La vigilancia contemporánea no funciona únicamente de arriba abajo. También circula horizontalmente, entre individuos que son simultáneamente observadores y observados.

Las redes sociales han llevado esta reciprocidad hasta un punto difícil de comparar con las formas tradicionales de vigilancia. En ellas, la exposición no procede necesariamente de una autoridad que nos obliga a mostrarnos. Somos nosotros quienes decidimos qué fragmentos de nuestra vida hacer visibles y, al mismo tiempo, aceptamos ocupar el lugar de espectadores de la vida de los demás. Miramos y somos mirados en un mismo gesto. Una fotografía publicada contiene ambas posiciones: quien la hace y se expone a la mirada ajena, y quien la recibe y observa.
La cuestión se vuelve todavía más interesante porque esa mirada de los demás comienza a influir en aquello que decidimos mostrar. No publicamos exactamente lo mismo cuando sabemos que nos verá una persona que cuando imaginamos que nos verán cien, mil o diez mil. Elegimos una fotografía entre varias, eliminamos aquello que no nos favorece, repetimos una toma, modificamos una frase o decidimos no publicar nada. La mirada ajena no aparece después de nuestra decisión; puede estar presente desde el momento mismo en que decidimos qué queremos enseñar.
Aquí la relación con el panóptico vuelve a hacerse evidente, aunque el mecanismo sea diferente. En el modelo de Bentham, el individuo se comporta teniendo en cuenta una mirada cuya presencia no puede comprobar. En el entorno digital, sabemos que existe una audiencia, aunque muchas veces desconozcamos exactamente quién la compone, qué hará con aquello que publiquemos o cuánto tiempo permanecerá disponible. La diferencia es que ahora participamos voluntariamente en la construcción de ese espacio de observación. No solo aceptamos ser vistos: también queremos mirar y, en ocasiones, queremos ser vistos.
Esta es una de las paradojas centrales de la vigilancia contemporánea. La exposición puede producir incomodidad, pero también reconocimiento. Una mirada puede sentirse como control, pero también como atención. Queremos privacidad y, al mismo tiempo, queremos audiencia; queremos decidir qué parte de nuestra vida pertenece a los demás y, sin embargo, encontramos formas de satisfacción en compartirla. El problema ya no consiste únicamente en que alguien pueda observarnos sin nuestro consentimiento, sino en que hemos aprendido a participar activamente en un sistema en el que mirar y ser mirado forman parte de la misma experiencia.
La obra de Varda resulta especialmente útil para entender esta ambivalencia porque no plantea la mirada únicamente como una forma de poder sobre los demás. También la entiende como una forma de relación con el mundo. Mirar es seleccionar, interpretar y construir una posición propia. En el caso del artista, reclamar una mirada propia significa también reclamar la capacidad de decidir desde dónde observar y cómo representar aquello que se observa. No se trata solamente de estar delante de una cámara, sino de preguntarse quién sostiene la cámara y qué responsabilidad implica hacerlo.
Y esa cuestión nos devuelve a la vida cotidiana. En una sociedad saturada de imágenes, todos podemos convertirnos en productores de aquello que otros mirarán. Fotografiamos a nuestros amigos, grabamos conciertos, registramos manifestaciones, compartimos escenas de desconocidos y construimos relatos sobre nosotros mismos a través de imágenes. La cámara ya no pertenece exclusivamente al Estado, a los medios de comunicación o a las instituciones. Está en nuestros bolsillos.
Por eso quizá la pregunta sobre la vigilancia tenga que formularse de una manera algo más incómoda. No basta con preguntarnos quién nos mira. También habría que preguntarnos a quién estamos mirando nosotros, qué hacemos con aquello que vemos y qué lugar ocupamos cuando la mirada cambia de dirección. Porque si el panóptico convirtió al individuo en objeto de una vigilancia permanente, el mundo contemporáneo ha añadido una nueva complejidad: todos podemos ser observados, pero todos podemos observar también.
‘Vigilancia’ se unió al chat grupal
Hay una diferencia importante entre sentirse observado a solas y sentirse observado dentro de un grupo. Cuando estamos solos, la mirada que imaginamos procede de un exterior más o menos identificable: una cámara, una institución, un desconocido, un jefe, una plataforma. En un grupo, en cambio, la vigilancia puede adquirir una forma mucho más íntima. Ya no se trata únicamente de preguntarse quién nos está mirando, sino de empezar a preguntarse quién, entre nosotros, podría estar mirando para otro. La sospecha cambia entonces de dirección: deja de apuntar exclusivamente hacia fuera y empieza a circular entre las propias personas que comparten un espacio.
Los movimientos sociales ofrecen algunos de los ejemplos más extremos de este fenómeno. En los últimos años han salido a la luz numerosos casos de infiltración policial en colectivos políticos, ecologistas, feministas y antirracistas. En Madrid, una investigación publicada en 2026 sobre infiltraciones policiales en movimientos sociales durante la última década recoge, a partir de entrevistas y grupos de discusión con activistas, efectos como desconfianza, ansiedad colectiva, autocensura y fragmentación de los espacios de decisión. El daño no se limita, por tanto, a la información que el infiltrado consigue obtener: la propia posibilidad de que exista alguien infiltrado puede alterar las relaciones dentro del grupo.
El caso británico permite observar con especial claridad esa dimensión. Entre 1968 y 2011, más de 150 agentes encubiertos llegaron a infiltrarse en más de un millar de grupos políticos, muchos de ellos vinculados a movimientos de izquierdas y al activismo medioambiental. Uno de los casos más conocidos fue el del agente Mark Kennedy, que permaneció durante años integrado en círculos ecologistas bajo una identidad falsa. Su descubrimiento en 2010 no solo puso en cuestión las operaciones policiales que había realizado, sino también la naturaleza de las relaciones que había establecido dentro de aquellos grupos. Investigaciones posteriores han descrito cómo estas infiltraciones generaron entre los activistas una sensación de incertidumbre sobre aquello que consideraban real, desviaron energías hacia la vigilancia interna y produjeron un efecto inhibidor sobre la propia actividad política.
En ese contexto aparece una situación casi paradójica: para protegerse de la vigilancia, el grupo empieza a vigilarse a sí mismo. ¿Quién acaba de llegar? ¿Quién pregunta demasiado? ¿Quién sabe más de lo que debería? ¿Quién tiene una relación extraña con determinada persona? ¿Quién puede estar pasando información fuera? La organización comienza a dedicar parte de su energía a intentar localizar al posible observador y, en el proceso, la confianza que permitía que el grupo funcionara se convierte en un problema de seguridad.
Se habla menos en determinados espacios, se comparte menos información, se limita quién puede participar en una reunión o se evita incorporar a personas nuevas. Las medidas pueden parecer razonables cuando existe una amenaza real, pero también tienen un coste: cuanto más se intenta proteger un espacio de una vigilancia posible, más puede parecerse ese espacio a aquello de lo que precisamente trataba de defenderse.
La experiencia histórica de la República Democrática Alemana muestra hasta qué punto este mecanismo puede extenderse mucho más allá de un grupo concreto. La Stasi, el Ministerio para la Seguridad del Estado de la Alemania Oriental, construyó una enorme red de informantes que se infiltraba en la vida cotidiana de la población. Muchos de ellos eran personas aparentemente ordinarias: compañeros de trabajo, vecinos, conocidos o incluso amigos que proporcionaban información de manera secreta. Investigaciones económicas e históricas han encontrado que las zonas con una mayor densidad de informantes presentaron, incluso después de la reunificación alemana, niveles más bajos de confianza interpersonal, menor participación social y un deterioro persistente del llamado capital cívico.
La importancia de este ejemplo está precisamente en que la vigilancia no necesitaba estar siempre a la vista. Su efecto más profundo podía aparecer en las relaciones entre personas. Cuando cualquiera puede ser un informante, la confianza deja de ser un punto de partida y se convierte en un riesgo. Un amigo puede ser un amigo; un compañero puede ser un compañero; pero también podría estar informando. La incertidumbre introduce una distancia que no necesita materializarse en una acusación concreta para modificar la relación. Los investigadores han encontrado que las regiones de la antigua Alemania Oriental sometidas a una mayor intensidad de vigilancia conservaron durante años niveles inferiores de confianza hacia desconocidos e instituciones, además de una menor disposición a determinadas formas de participación cívica.
Algo parecido, aunque en una escala y un contexto completamente diferentes, puede ocurrir en cualquier espacio donde la posibilidad de ser observado adquiere demasiado peso. Una reunión de vecinos, un colectivo cultural, una asociación, un grupo de trabajo o incluso un grupo de amigos pueden empezar a comportarse de otra manera si sus integrantes creen que lo que dicen puede salir de allí. La vigilancia no tiene que estar efectivamente presente para producir una modificación de las relaciones: basta con que exista una duda razonable sobre su presencia.
Y aquí aparece una consecuencia que conecta directamente con todo lo anterior. Hasta ahora habíamos visto cómo la posibilidad de ser observado puede llevar a una persona a regular su propio comportamiento. Dentro de un grupo ocurre algo más complejo: la persona empieza también a regular su comportamiento en función de lo que cree que los demás podrían estar observando en ella. La mirada ya no procede únicamente de una autoridad situada fuera del grupo. Se multiplica entre sus miembros.
Por eso la infiltración es solo una de las formas más visibles de un fenómeno mucho más amplio. En un grupo podemos convertirnos simultáneamente en vigilantes y vigilados, y esa doble posición puede generar una dinámica difícil de detener. Si sospechamos que alguien observa, observamos nosotros también. Si observamos, empezamos a interpretar los comportamientos ajenos. Si interpretamos, aparecen sospechas. Y si las sospechas aumentan, se reduce la confianza. La vigilancia termina produciendo así algo que, paradójicamente, puede ser más importante que la información que consigue recopilar: transforma la forma en que las personas se relacionan entre sí.
La cuestión vuelve entonces a desplazarse. Ya no estamos hablando solamente de un individuo que interioriza la mirada de una autoridad, sino de grupos enteros que empiezan a comportarse bajo la posibilidad de una mirada oculta. El panóptico deja de necesitar una torre central. Puede bastar con que exista la sospecha de que alguien, en algún lugar, está mirando.

La vigilancia que ya no necesita vigilantes
Llegados a este punto, quizá convenga detenerse en una paradoja. Hemos hablado de prisiones, cámaras, infiltraciones, redes sociales y de personas que modifican su comportamiento ante la posibilidad de estar siendo observadas. Son escenarios diferentes, con grados de vigilancia y de coerción que no pueden compararse sin matices. Sin embargo, todos permiten reconocer una misma transformación: la vigilancia resulta especialmente eficaz cuando deja de sentirse como una intervención excepcional y comienza a formar parte de las condiciones normales en las que vivimos.
El panóptico de Bentham podía imaginarse como un edificio. Foucault lo convirtió en un modelo para comprender una determinada forma de poder. En las sociedades contemporáneas, aquella lógica se ha dispersado todavía más. Ya no existe necesariamente un único centro desde el que alguien observa. Hay cámaras, instituciones, plataformas digitales, empresas, dispositivos, algoritmos y, sobre todo, otras personas. También estamos nosotros mismos, que hemos aprendido a anticipar la mirada ajena antes incluso de que esta se produzca.
Eso cambia la naturaleza de la pregunta. Durante mucho tiempo, hablar de vigilancia significaba preguntarse quién tenía acceso a nuestra intimidad y hasta qué punto podía utilizar ese acceso para controlarnos. Esa cuestión continúa siendo fundamental. Pero existe otra, menos evidente: qué hacemos nosotros con la posibilidad de ser observados. Qué decisiones dejamos de tomar, qué palabras no pronunciamos, qué imágenes no publicamos, qué conversaciones mantenemos en voz baja y cuáles evitamos porque sabemos que podrían ser escuchadas o interpretadas fuera del contexto en el que fueron pronunciadas.
El problema de la vigilancia no consiste, por tanto, únicamente en que alguien pueda estar mirando. Consiste también en que nosotros podamos empezar a mirar con los ojos de quien creemos que nos observa. Es una diferencia pequeña en apariencia, pero profunda en sus consecuencias. Cuando anticipamos permanentemente el juicio de los demás, dejamos de necesitar una orden explícita para corregir nuestra conducta. Nos adelantamos. Nos censuramos. Nos adaptamos. Y en ocasiones ni siquiera llegamos a percibirlo como una forma de control porque la decisión parece haber sido completamente nuestra.
Esto explica también la contradicción que atraviesa nuestra relación con las redes sociales. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para mostrar quiénes somos y, al mismo tiempo, nunca habíamos estado tan acostumbrados a seleccionar cuidadosamente qué parte de nosotros merece ser vista. Publicamos para ser observados, pero elegimos aquello que queremos que los demás observen. Buscamos reconocimiento mientras administramos nuestra exposición. Miramos las vidas de otros mientras construimos una versión de la nuestra para ser mirada. La vigilancia y la exhibición terminan formando parte de un mismo circuito.
Tal vez por eso la imagen del Gran Hermano resulte hoy menos precisa de lo que parece. El problema no es necesariamente una autoridad omnipresente que nos observa desde una pantalla. La vigilancia contemporánea puede ser mucho más fragmentaria y, precisamente por ello, más difícil de identificar. No siempre sabemos quién tiene nuestros datos, quién puede acceder a ellos, qué decisiones se toman a partir de ellos o cuánto tiempo permanecerán disponibles. Y, mientras tanto, seguimos produciendo voluntariamente nuevas capas de información sobre nosotros mismos.
La vigilancia puede terminar afectando no solo a nuestra privacidad, sino también a nuestra capacidad para experimentar con quiénes somos. Una parte de la identidad se construye precisamente a través del ensayo, del error, de la posibilidad de cambiar de opinión, de decir algo imperfecto y descubrir después que pensábamos de otra manera. Pero si cada gesto queda potencialmente registrado y cada opinión puede regresar años después convertida en una prueba sobre quiénes fuimos, la posibilidad de equivocarnos empieza a convertir la propia vida en una especie de archivo. Aquí es donde la pregunta del título deja de ser una provocación para convertirse en una cuestión verdaderamente difícil. ¿Quién eres cuando nadie te vigila?






