Irene Istillarty ya viene de fábrica con un nombre propio digno de una firma de alta costura. No recuerda un momento exacto en el que decidió que la moda se convertiría en su profesión, pero sí reconoce cómo fue dándose cuenta de que estudiar algo que no le gustaba la estaba alejando de sí misma. El ‘sí’ puede confundirse, pero el ‘no’ casi siempre se siente claro.
Empezó a estudiar un grado de Comercio y Marketing. La moda siempre había estado presente, pero como hobby. Le daba miedo cerrarse puertas y pensaba que dedicarse a la moda era arriesgado. Eligió un camino más seguro, hasta que comprendió que la puerta que estaba cerrando era la suya propia.

Dejó la carrera en tercero y decidió entrar en el mundo de la moda sin saber exactamente en qué lugar encajaría. Completó un título online de Diseño de Moda y se lanzó a estudiar Patronaje y Moda, lo que le permitió descubrir que su vocación no residía en la confección. Lejos de ser un error, fue un paso necesario. A través de los trabajos y las clases empezó a reconocerse, hasta descubrir que lo suyo no era coser, era comunicar glamour a través del marketing, el estilismo, la organización de desfiles y la relación con marcas e influencers.
Estilo propio
Irene se define a sí misma como una chica muy intensa que “necesita orden visual para no desbordarse”. Huye de la estética desarreglada, cada detalle importa: “Nunca me verás salir en chándal”, afirma la estilista. La moda, para ella, es armonía. Le relaja ver a la gente bien vestida, bien combinada y cuidada. La estética funciona como un medio que equilibra lo interno a través de lo superficial.
Su identidad nace de lo clásico: americanas, siluetas limpias y prendas que no dependen de tendencias pasajeras. Mientras muchos buscan destacar desde lo alternativo, ella apuesta por lo esencial y atemporal. Tiene claras sus preferencias, por lo que su regla es sencilla: “No pienso en lo que va a hacer el de al lado. Pienso en lo que me compraría yo”.
Hay además un rasgo singular en su forma de mirar: es daltónica. Distingue con dificultad ciertos tonos rojos y verdes. Lejos de verlo como una limitación, lo entiende como una posible seña de identidad. Su creación se basa más en la armonía que en el color exacto.

Historia y moda
Irene no pretende quedarse en la superficie. La Historia de la Moda fue lo que le permitió comprender verdaderamente la industria, saber de dónde vienen las formas, las siluetas y los códigos. Dar contexto a la moda consiste en mirar más allá de la imagen y entender su dimensión cultural.
Por eso su mirada es crítica. No se conforma con discursos vacíos ni con eslóganes que suenan bien pero no se sostienen. Reconoce que ciertos referentes actuales inspiran, pero no enseñan.

La presión invisible
Detrás de la idealización del mundo de la moda hay mucha exigencia. Entregas simultáneas, proyectos paralelos, prendas distintas y plazos imposibles: “La presión es horrible”, alerta la estudiante.
“Los profesores exigen como si fueran talleres”. Istillarty recuerda que son personas, no fábricas. El ritmo industrial mata el detalle, no permite un desarrollo creativo tan pulido como le gustaría y obliga a priorizar la entrega frente a la calidad máxima.

También desmonta varios mitos: no hace falta saber coser ni dibujar desde el principio. “En mi clase, el mejor alumno no domina el dibujo”, la joven modista explica que todos parten del mismo lugar y defiende que, con interés y constancia, pueden llegar tan lejos como se propongan.
“He visto prendas con costuras mal hechas venderse igual porque visualmente funcionaban”, argumenta que es más importante la idea y la sensibilidad estética que tener una técnica impecable.
Retrospectiva y futuro
Irene ve esperanza en las marcas pequeñas, las boutiques, lo diferente, lo que no tiene todo el mundo. Cree firmemente que hoy se valora más lo único que lo masivo.
“Si pudiera hablar con la Irene que veía la moda solo como hobby, le diría que no tuviera miedo. Que no estudiara algo por no cerrarse puertas. Que la puerta más grande que se cerró fue no entrar desde el principio en Comunicación de Moda”, reflexiona Istillarty.
A pesar de tener claro el consejo que se daría a sí misma hace unos años, reconoce que no habría descubierto su pasión sin probar, arriesgarse y equivocarse varias veces. Gracias a ello hoy conoce mejor que nunca cuál es su verdadera vocación.

Su aprendizaje atraviesa lo profesional para calar en lo íntimo y entender que la moda es una forma de estar en el mundo. Porque para Irene, la moda va más allá de las tendencias, nace de la propia identidad. Y por eso, como ella misma diría: “Nunca es mal día para llevar tu mejor outfit”.







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