La Luna observa. No interviene. Se limita a estar.
Desde su lugar en el cielo acompaña los procesos lentos, las mareas, los mundos interiores y las transformaciones que se encuentran en lo invisible. Lo esencial ocurre sin testigos. Lo que eres demuestra cuando nadie te mira.
Ella reconoce las fuerzas del orden y del caos que rigen el planeta Tierra.
Hay noches en las que la Luna se siente llena. En otras, se siente fragmentada.
En ocasiones, cuando nadie la ve, la luna se rompe en llanto. Una lágrima brota a través de ella. Se desprende lentamente, expulsando lo que no cabe dentro de sí.
La lágrima atraviesa el cielo sin romperlo y llega al mar, donde se encuentra con una ostra.
La ostra no distingue entre lo bueno y lo malo, no reconoce la incomodidad e irritación producida por la lágrima, por lo que no trata de luchar contra ella.
La naturaleza expansiva e ilimitada de la ostra recibe aquel regalo lunar que ya forma parte de sí y decide cuidarlo, capa tras capa.
No pretende borrarla, solo es partícipe de su transformación. El proceso es largo. Invisible. Monótono incluso. No hay resultados inmediatos.
Durante mucho tiempo, desde fuera, no parece estar ocurriendo nada. Pero el tiempo está trabajando.
La lágrima deja de ser herida. Lo que era fragilidad empieza a reflejar la luz.
Así nace el Nácar, como algo profundamente vivido.
Su belleza no es evidente, depende de la luz y de la mirada de su observador.
Cuando la Luna vuelve a reflejarse en el mar, se reconoce en él.
El Nácar guarda esa enseñanza silenciosa. Algo en él susurra el potencial infinito de esa semilla.
Recuerda que lo bello no nace de la ausencia de dolor, sino de la manera en que se lo acompaña. Que todo lo que pesa tiene el poder de convertirse en luz.
En procesos de transformación, observación, inseguridad o certeza, el Nácar atrae.
Aquella lágrima siempre fue Nácar en potencia.






