Tienes diez años. Te despiertas después de una cabezada en el asiento trasero del coche familiar. Durante unos segundos no sabes dónde estás. Miras por la ventanilla: kilómetros de campos amarillentos, una nave industrial aislada, una gasolinera a lo lejos. El paisaje te resulta familiar y extraño al mismo tiempo.
Mientras tanto, te asaltan algunas preguntas: ¿Cuánta gente vive aquí? ¿Dónde pasan las vacaciones quienes habitan en estos pueblos? Pero el coche sigue avanzando y las dudas desaparecen tan rápido como han llegado. Unas horas después ya no recordarás ni el nombre de la comarca ni la forma de los campos que acabas de atravesar.
Hay espacios que conocemos sin llegar a conocerlos. Los cruzamos una y otra vez, los identificamos al instante y, sin embargo, apenas dejamos huella en ellos ni ellos en nosotros. El antropólogo francés Marc Augé llamó a estos espacios ‘no-lugares’: entornos concebidos para el tránsito, el consumo o la espera, donde la experiencia suele ser anónima y pasajera.
¿Qué es un no-lugar?
En 1992, Marc Augé publicó Los ‘No lugares’: espacios del anonimato, un ensayo en el que describió aquellos espacios propios de la llamada sobremodernidad que no se definen por la identidad, las relaciones o la historia, sino precisamente por su ausencia. Espacios en los que no somos pasajeros, clientes, conductores, huéspedes. Nos identificamos mediante un propósito personal: un documento, una cita médica, una tarjeta de embarque o una reserva. Seguimos señales, esperamos nuestro turno, cumplimos instrucciones y continuamos hacia nuestro camino.
La paradoja es que son espacios profundamente cotidianos; los atravesamos constantemente, pero rara vez los sentimos como propios. Están diseñados para que podamos orientarnos, consumir, esperar o desplazarnos con facilidad y, sobre todo, para que podamos hacerlo sin necesidad de establecer vínculos con quienes nos rodean.
La estación en la que esperamos antes de subir al tren. El aeropuerto en el que pasamos un control de seguridad, buscamos nuestra puerta de embarque y matamos el tiempo frente a una pantalla. La autopista que atravesamos, el hotel en el que dormimos una noche antes de continuar el viaje, el centro comercial al que vamos a comprar… Son espacios diferentes, pero comparten una característica: han sido concebidos para facilitar el tránsito de personas. Todo está pensado para que sepamos qué hacer y hacia dónde ir. Hay señales que indican la dirección, pantallas que anuncian las salidas, números que identifican las puertas y líneas que delimitan dónde esperar.
Cómo identificar un no-lugar
Para entender qué es un no-lugar hay que empezar por aquello que no lo es. Marc Augé construyó el concepto por oposición al lugar antropológico: aquel espacio que puede definirse por la identidad, las relaciones y la historia. Un lugar es, por tanto, algo más que una coordenada geográfica; es el territorio que reconocemos como propio, donde sabemos quiénes somos, quiénes son los demás y qué ha ocurrido antes de nuestra llegada. El no-lugar aparece justamente cuando esas tres dimensiones se debilitan. Frente a la identidad, encontramos el anonimato; frente a la relación, la circulación; frente a la historia, la temporalidad.
La arquitectura tiene un papel fundamental en esta experiencia. La arquitecta Laura Gallardo Frías ha señalado cómo determinados espacios contemporáneos asociados al no-lugar se caracterizan por la discontinuidad, la fragmentación y la desvinculación entre quienes los habitan, el contexto y la ciudad. En ellos, la arquitectura puede acabar produciendo espacios intercambiables, pensados más para organizar movimientos continuos que para generar arraigo.
Pensemos en un aeropuerto. Su arquitectura está diseñada para conducirnos: entradas, controles, pasillos, escaleras mecánicas, puertas, salas de espera. Todo indica por dónde avanzar y dónde detenerse. Lo mismo sucede en una estación o en un centro comercial; no necesitamos saber la historia del lugar para funcionar, solo saber cómo atravesarlo para llegar a un destino final.
También cambia nuestra relación con el tiempo. Una plaza puede acumular décadas de recuerdos; una estación de servicio está pensada para que permanezcamos en ella el tiempo necesario para repostar, comprar un café y volver a la carretera. El hotel nos acoge durante una noche; la sala de embarque, durante unas horas; el vagón, durante el trayecto. Son espacios temporales, vinculados a una acción concreta y a una permanencia limitada.
En esos espacios, además, todos somos intercambiables. El pasajero que espera junto a nosotros no necesita saber quiénes somos; nosotros tampoco necesitamos saber quién es él. Compartimos un mismo espacio bajo las mismas reglas y, durante un tiempo limitado, dejamos nuestra identidad fuera. El no-lugar nos iguala precisamente porque nos vuelve anónimos. Y es en ese anonimato donde merece la pena detenerse: ¿qué nos ocurre cuando dejamos de ser vecinos, trabajadores, amigos o habitantes de un lugar y pasamos a ser simplemente pasajeros, clientes, huéspedes o usuarios?
El individuo en el no-lugar
Hay algo extraño en esperar un tren junto a otras doscientas personas. Durante unos minutos compartimos el mismo espacio, la misma pantalla de salidas, el mismo retraso y, probablemente, la misma impaciencia. Sabemos que todos vamos a algún sitio, pero no sabemos prácticamente nada de quienes tenemos alrededor. Estamos juntos, pero cada uno habita en su pequeña burbuja. Esta es una de las experiencias más reconocibles de los no-lugares: estar rodeado de gente sin estar realmente con nadie.
En estos espacios hemos aprendido, además, ciertas normas que casi nunca necesitamos que nadie nos explique. No solemos mirar a los desconocidos. No hablamos con quien se sienta a nuestro lado salvo que sea necesario. Dejamos una distancia prudente entre cuerpos. Si alguien nos dirige la palabra, muchas veces nos preguntamos inmediatamente qué querrá. Se trata de pequeños gestos cotidianos, casi automáticos, que dicen mucho de nuestra relación con estos espacios.
El teléfono móvil ha llevado esta posibilidad un paso más allá. Mientras esperamos en una estación, hacemos scroll. Mientras nos dirigimos a la puerta de embarque, respondemos un mensaje. En el metro, miramos una serie. El tiempo de espera —ese tiempo muerto tan característico de los no-lugares— deja de ser necesariamente un tiempo compartido y se convierte en un tiempo privado. Pero no siempre buscamos aislarnos. A veces ocurre lo contrario: precisamente porque nadie nos conoce, podemos permitirnos ser otra versión de nosotros mismos. Aparece entonces una de las contradicciones más interesantes del no-lugar: el anonimato puede resultar frío, pero también puede ser liberador. No pertenecer a un espacio significa que tampoco tenemos que responder ante él. Podemos llegar, permanecer unas horas y marcharnos sin dar explicaciones.
Donde unos transitan, otros permanecen
Quien llega a la Estación de Atocha por primera vez vive una experiencia sensorial nueva. Un turista se fijará en los colores del interior de la estación, escuchará las ruedas de su maleta sonando contra el pavimento podotáctil que señaliza los andenes, mirará por primera vez las obras y seguramente se pregunte qué es Aranjuez y por qué la voz de megafonía no deja de repetir la salida de su tren. Para el trabajador que hace transbordo en la estación de lunes a viernes, en cambio, este turista y su maleta no son más que un obstáculo más para llegar a tiempo a coger su autobús si hoy quiere comer antes de las cuatro de la tarde. Para el camarero de la cafetería solo es un martes más, y para el jubilado que pasa por ahí la estación le recuerda a la muerte de su mujer en los atentados.
A lo que quiero llegar es que no basta con mirar las características físicas de un espacio para determinar si es un lugar o un no-lugar, también hay que preguntarse quién lo está mirando. Un lugar pensado para el tránsito puede ser el punto de encuentro para una pareja durante años. Una cafetería en una estación puede convertirse en el sitio donde alguien recibió una llamada que cambió su vida. No puedo escribir este texto sin mencionar a las personas que viven, por ejemplo, en el Aeropuerto de Madrid-Barajas. ¿Cómo vamos a decidir qué espacios son no-lugares para todos? ¿Acaso existen espacios considerados no-lugares por todos?
Estaciones, centros comerciales, aeropuertos… Para la mayoría son espacios de paso, lugares en los que permanecemos el tiempo necesario para llegar a otro sitio. Pero para muchas personas pueden convertirse en lugares donde pasar el día o la noche. No se trata únicamente de un refugio en los días de lluvia; estos espacios suelen ofrecer acceso a baños, calefacción o aire acondicionado, fuentes de agua, enchufes… Y un flujo constante de personas que les hacen pasar desapercibidos.
Esta última característica me resulta especialmente importante. En un espacio diseñado para que miles de personas entren y salgan cada día, quedarse durante horas puede resultar menos llamativo que en una calle. La propia lógica del no-lugar —la ausencia de vínculos personales, de una identidad compartida y de una comunidad estable— puede proporcionar cierto anonimato a quien no tiene un lugar propio. No significa que estos espacios sean necesariamente seguros o que las personas que los utilizan quieran vivir allí, sino que, en determinadas circunstancias, pueden ofrecer unas condiciones que otros lugares no ofrecen.
Con el tiempo, además, ese espacio anónimo puede dejar de serlo para quien lo frecuenta. Una persona que pasa cada día en una estación puede conocer sus horarios, sus rincones, a los trabajadores de los comercios o a otras personas que se encuentran allí habitualmente. Puede desarrollar rutinas y establecer relaciones. Lo que desde fuera parece un no-lugar empieza entonces a adquirir características propias de un lugar: memoria, costumbre y vínculos. Entonces, si un espacio puede ser anónimo para quien está de paso y, al mismo tiempo, formar parte de la vida cotidiana de quien permanece en él, ¿podemos seguir llamándolo no-lugar? Igual un no-lugar no depende únicamente de cómo esté construido un espacio, sino también de la relación que cada persona establece con él.
¿Cada vez hay más no-lugares?
Los no-lugares funcionan porque queremos que funcionen. Queremos que el aeropuerto nos permita llegar a la puerta de embarque sin perdernos, que la autopista nos lleve rápido a nuestro destino, que al llegar al hotel haya una habitación limpia esperándonos y que el centro comercial reúna todo aquello que hemos ido a comprar. Y no hay nada especialmente inquietante en eso. El problema empieza cuando nos preguntamos qué tipo de vida estamos construyendo alrededor de esa eficiencia. Un no-lugar está diseñado para que nada nos retenga demasiado tiempo. Hay que avanzar. Hacer cola. Pasar el control. Comprar. Embarcar. Salir. Volver a entrar en otro espacio. Incluso cuando esperamos, esperamos para algo.
Y aquí los no-lugares empiezan a decir algo más sobre la sociedad que los produce. Son espacios perfectamente adaptados a una forma de vida en la que casi todo parece tener que justificar su utilidad. Desplazarnos para trabajar. Trabajar para consumir. Consumir para volver a desplazarnos.
Personalmente pienso que no conviene idealizar el lugar frente al no-lugar. Los lugares —el barrio, la plaza, el bar, la tienda de toda la vida— tampoco están fuera de las relaciones de poder ni de la economía. También pueden excluir, segregar y convertirse en mercancía. Una plaza puede ser un espacio de encuentro y, al mismo tiempo, un espacio que se ha vuelto inaccesible para quienes ya no pueden pagar el alquiler de la zona.
La cuestión, por tanto, no creo que sea escoger entre un mundo de lugares auténticos y otro de no-lugares deshumanizados; la cuestión es preguntarnos quién diseña nuestros espacios, para qué los diseña y qué tipo de comportamiento espera de nosotros. Quisiera, por último, plantear una nueva cuestión: ¿Y si lo que estamos perdiendo es la posibilidad de estar en ellos sin la necesidad de convertir nuestra presencia en algo productivo?





