¿Quién dijo que no había humanidades en las ciencias?
De las matemáticas me gustan los denominadores comunes y las magnitudes directamente e inversamente proporcionales, porque no hablan solo de cifras. La razón y el producto de las magnitudes es tan constante como su reproducción en la experiencia vital.
Cuando iba al colegio no entendía a quienes decían que las matemáticas eran inútiles, ya que siempre encontré algo profundamente humano en sus ideas. No en las ecuaciones interminables ni en los problemas de trenes que salen de ciudades distintas, sino en los conceptos básicos previos a cada ejercicio. Esos axiomas que te revelaban las claves de la solución antes de presentar cualquier problema. Podrían volverse enrevesadas, repetitivas, absurdas y aburridas, pero siempre replicables y paradójicamente cargadas de incertidumbre.
Aunque nunca me fui hacia la rama matemática, con el tiempo me di cuenta de que lo que me fascinaba eran los patrones. Y lo mágico de ellos, además de su capacidad intrínseca para aportar algo de tierra (entendida como espacio seguro y firme) es que son predecibles, simplifican la complejidad del caos.
Todo se trata de extrapolar y ser capaz de volver tu mente algo tan dúctil y maleable que pueda acomodar su avalancha de pensamientos a la constante cambiante y abrumadoramente minúscula de la realidad.
Porque las matemáticas, no dejan de ser el estudio de las relaciones, la identificación de patrones y la búsqueda de soluciones. Y nada (excepto el amor) gobierna tanto nuestra existencia como las relaciones.

Busca un denominador común
Cuando dos fracciones tienen distinto denominador, no pueden compararse hasta que encuentran uno común, sólo entonces hablan el mismo idioma… y con las personas ocurre algo parecido.
Podemos ser completamente diferentes y, aun así, entendernos cuando encontramos aquello que compartimos. A veces es una experiencia, otras una herida, una forma de mirar el mundo o incluso un silencio que ambos sabemos interpretar.
El problema no suele ser la diferencia, sino la incapacidad para encontrar ese punto de encuentro. Nuestra época vive obsesionada con las etiquetas que clasifican todo en cuanto es visible, como si fuéramos medibles, aunque supongo que hay quien prefiere encapsularse. Y este comportamiento, aunque útil para organizar a través de la segmentación, solo nos aleja de lo que todos compartimos, el valor de la unidad siendo multitudes integradas.

Hay cosas que crecen cuando las alimentas
En matemáticas, dos magnitudes son directamente proporcionales cuando crecen o disminuyen juntas. Si una se duplica, la otra también.
La confianza (entre otros muchos valores) funciona exactamente así. Cuanto más tiempo dedicas a una amistad, más fuerte suele hacerse. Cuanto más entrenas una habilidad, mejor eres en ella. Cuanto más cuidas tu cuerpo, más energía suele devolverte. Cuanto más lees, más referencias tienes para entender el mundo.
La autoestima (o la autoconfianza) tampoco aparece de golpe, es proporcional a las promesas que te haces y cumples. Se construye con la repetición de pequeñas dosis directamente proporcionales a tus acciones. Con levantarte cuando dijiste que lo harías, terminar aquello que empezaste o con el acto de volver incluso cuando no te apetece.
La vida está llena de magnitudes, grandes y pequeñas, que aumentan su impacto al comprobar que nunca lo hacen solas, que siempre hay algo que también se transforma con ellas. Centrándonos en el resultado inmediato, olvidamos el peso que arrastran con sigo.
Las que solo nacen de la renuncia
También existen las inversamente proporcionales, y en realidad, no son lo contrario que las primeras, sino su magnitud gemela. Cuando una aumenta, la otra disminuye, algo especialmente interesante que recuerda que todo tiene un coste.
Cuanto más miedo dirige tus decisiones, menos libertad tienes. Cuando más dependes de la aprobación ajena, menos espacio queda para tu propia identidad. Cuanto más ruido consumes, menos escuchas lo que piensas. Cuanto más llenas tu agenda de obligaciones, menos tiempo queda para preguntarte si esa vida sigue pareciéndose a la que querías construir.
Algunas relaciones funcionan precisamente porque una variable necesita reducirse para que otra pueda crecer, y eso evita muchas frustraciones.

Las constantes invisibles
Lo curioso de las matemáticas es que, aunque cambien los números, las reglas siguen siendo las mismas. Y si dejamos de verlo como una disciplina reduccionista, entenderemos que también cambian las personas, los trabajos, las ciudades y las etapas, pero ciertos principios parecen repetirse una y otra vez para darnos algo de tregua.
La disciplina suele vencer a la motivación, la atención determina la calidad de nuestra experiencia, las relaciones necesitan tiempo, la confianza tarda mucho en construirse y muy poco en romperse y el descanso mejora el rendimiento, la curiosidad abre puertas que el talento por sí solo no encuentra… ¿Puedes encontrar las matemáticas de esa ecuación?

Aprender a observar las proporciones
Crecer se vuelve más simple cuando haces caso a las matemáticas de las que renegaste de niño. Entender que no te ponían aquellos problemas enrevesados en frente para fastidiarte, sino para ayudarte a simplificar entrenando a tu cerebro sin que siquiera se diera cuenta de para qué se estaba preparando. Los números eran una forma fácil de aprender a identificar las situaciones (infinitas, como las cifras) que pueden acontecer (y acontecerán).
¿Dónde está el denominador común? ¿Qué aumenta cuando haces determinada elección? ¿Qué disminuye cuando aceptas un compromiso? ¿Qué estás alimentando cada día sin darte cuenta?
Las matemáticas llaman a eso función, la psicología habla de hábitos y la filosofía, de virtud. Nosotros lo llamamos vida. Detrás de las mentes calculadoras hay una manera de entender el mundo repleta de fórmulas que dan sentido a las cosas, incluso hay fórmulas sin sentido, porque no son tan ingenuas como para pensar que el mundo es cuantificable.





