Bajo la higuera, pero sin dejar que ningún fruto llegue a marchitarse. Probando todos los higos, un bocado de cada, pero sin saborear ninguno. ¿Cuántos he descartado ya? ¿Es a esto a lo que saben? ¿Deberían ser más dulces? ¿Es esta su textura? ¿Y si el siguiente es mejor?

Qué importante es parar y hacerse preguntas a uno mismo. Y qué beneficioso resulta convertir la introspección en hábito.
Sentarse a escribir diariamente ya es una cuestión de puro disfrute o necesidad personal, pero dedicar unos minutos al final o al principio de cada mes para pensar en qué experiencias, pensamientos recurrentes o aprendizajes permanecen en nosotros de esos últimos treinta días y qué queremos que florezca durante los próximos, debería ser un no negociable.
Adoro a más no poder esta práctica, me ayuda a ser consciente de mi realidad, mirar todo con perspectiva, honrar lo vivido y encarnar con ilusión la llegada del nuevo mes. Es como una ducha energética cada ciclo de treinta días.
Por ello, no tendría sentido empezar a hablar de octubre sin despedirme primero de septiembre.

Septiembre ha sido un mes… estresante. Pero ese cierto malestar ha venido acompañado de muchísimos avances para mí.
Como ya anticipé en ‘Septiembre: el mes de los nuevos comienzos’, este año he vivido mi primera “vuelta a clases” sin volver a clases, y no puedo evitar sentirme identificada con cada contenido que veo de chicas en la misma situación. La incertidumbre da miedo, pero en mi caso también nostalgia y algo de ilusión.
Iniciar el mes viendo como el metro de Madrid volvía a su tráfico habitual después del verano y en la línea 6 no cabía ni un alfiler antes de llegar a Ciudad Universitaria, ver cómo coincidían en el vagón dos personas que acababan de conocerse, escuchar esos “llegamos tarde, ya para eso nos la saltamos”… Reconozco que sigo sintiéndome parte de eso, aunque ya nada sea así, o al menos por ahora.
No distingo en qué momento dejé de ser una estudiante con preocupaciones de estudiante y vida de estudiante, porque al ver lo que era mi rutina en personas ajenas con una edad similar, mi cuerpo tiende a pensar que aún sigo en esa etapa. Pero, esta era la línea de meta al fin y al cabo, ¿no?
Ya desarrollé más en profundidad todo lo que me llevé de esos cuatro años de Periodismo, y afronto este año de inicio en la profesión con una ilusión inmensa. De hecho, me atrevería a decir que estoy aprendiendo más en estos meses de prácticas que en la carrera como tal, y no todo es culpa del itinerario, sino de mi enfoque actual. Quizá, si hubiera mantenido esta mentalidad durante la etapa universitaria, hubiera sacado muchísimo más provecho de ella, pero también sé que estas ganas de encontrar mi camino dentro de la comunicación no hubieran surgido de no ser por las horas en las que me sentía perdida dentro de esas aulas.
Como pasa cada año, después de la primera semana escolar el ambiente se relaja y todo empieza a volver a la normalidad. Mis pensamientos sobre la vida de estudiante que dejo atrás se fueron diluyendo mientras pasaban las paradas de metro que me llevaban a las prácticas de redacción que tanto ansiaba encontrar durante mi último curso.
Precisamente hace unos días acabó mi convenio de prácticas pautado por la universidad, pero me propusieron alargarlo y ¿cómo iba a decir que no? Trabajo como redactora web para la revista Lecturas, en un ambiente maravilloso y con unos compañeros increíbles que me acogieron desde el primer momento, en una oficina acristalada de esas de las películas y con una jornada parcial que me permite conciliar Nácar y mi vida social a la perfección antes de entrar definitivamente al mercado laboral. ¿Quién iba a decirme a principios de año que acabaría yendo como prensa a la MBFW de Madrid? Esta etapa me ha permitido conocer la profesión desde dentro, aprender cómo funciona todo realmente, ser testigo de hacia dónde evoluciona el sistema y descubrir cuál quiero que sea mi siguiente paso.
Durante el verano estuve dándole vueltas a cómo podía impulsar Nácar, y lo hemos conseguido. Con artículos y publicaciones casi diarias, este mes se han incorporado casi el doble de colaboradoras, he ido a eventos y entrevistas, he contactado con marcas, he recibido productos, conocido a periodistas y gente increíble del sector… Y esto solo acaba de empezar.
A veces, todo esto se me hace un poco grande. Cuando un proyecto depende únicamente de ti, no hay un equipo al que repartir las tareas ni nadie que te diga cuál es el siguiente paso mientras la rueda sigue girando y todo caduca al día. El multitasking cobra más sentido que nunca cuando tienes que convertirte en directora, redactora, editora, creadora de contenido, community mánager, diseñadora editorial, gestora web, relaciones públicas, coordinadora… e intentar que todo esté hecho con la mayor calidad y pureza posible mientras sientes que no es suficiente. Y a todo ello se suma la incertidumbre de estar construyendo algo desde cero y por primera vez, sin saber muy bien si lo estás haciendo bien. Es avanzar a ciegas, probar, equivocarte y volver a intentarlo. Y, en ese proceso, es inevitable preguntarse si este es realmente el camino, si todo este esfuerzo llegará a alguna parte, si merece la pena dedicarle la mayor parte de tu energía o incluso si esto es lo que quieres hacer.
Por suerte, tengo personas a mi alrededor que me reconducen en esos momentos de duda y me recuerdan por qué empecé, el valor que tiene el proyecto y todo lo que estoy sembrando. Y eso me ayuda a recuperar la perspectiva y las ganas de seguir.
Porque otra de las cosas que he aprendido es que también resulta abrumador sentir que deberías estar haciendo algo constantemente. Aprovechar cada hueco libre, contestar un correo mientras tomas un café, pensar en el próximo artículo durante una comida con amigas o sentir que incluso cuando descansas estás perdiendo el tiempo. Y cuesta desprenderse de esa sensación de inconformismo, se que siempre haya algo más que hacer o algo mejor en lo que invertir el tiempo.
Ahora estoy aprendiendo a ponerle límites. A reservar momentos de descanso de verdad, sin pantallas, sin estímulos y, sobre todo, sin la obligación de que ese tiempo tenga que ser productivo. A establecer horarios y rutinas que me permitan dejar las tareas en su sitio y no llevarlas conmigo a todas partes. Porque el proceso de construir algo te enseña a estar presente cuando toca trabajar, pero también cuando toca descansar, salir fuera o simplemente no hacer nada, sin sentirme culpable por ello.
Con mis colaboradoras no puedo estar más encantada, son las mejores. Un grupo de chicas realmente comprometidas, inteligentes, creativas, curiosas y con muchas ganas de aportar valor al mundo a través de forma particular de mirar. Desde las que están ahí desde los primeros meses hasta las que se han ido incorporando hace poco, estamos formando una comunidad que es todo lo que buscaba construir al inicio, cuando publiqué aquel anuncio en redes sin siquiera saber si encontraría el perfil que buscaba. Y sí, lo he encontrado. Ellas me ayudan muchísimo a mantener Nácar activo, a ser capaces de abarcar más contenidos y a llegar a más chicas. Ellas hacen Nácar. Las lectoras hacéis Nácar. Hacéis que todo esto esté vivo y tenga sentido.
Así que, infinitas gracias, septiembre. Y bienvenido, octubre. De este mes espero cultivar una rutina más serena y conectada conmigo que me permita tener la cabeza más presente. Retomar el gimnasio, que me hace muchísimo bien y acabé dejando porque encontraba hueco en lo acelerado de mi rutina. Vivir y conectar sin pensar en nada más y, sobre todo, seguir creciendo con vosotras.
Sois mi principal motor y seguiré trabajando para lograr llegar a la vida (y al feed) de más chicas como vosotras, interesadas en el consumo de calidad, en leer, en conocerse, en hacerse preguntas, en nutrirse y en ser conscientes de que no todo el contenido digital está hecho para olvidarse en segundos.





