Ahora que me he convertido oficialmente en periodista, ¿qué mejor forma de despedirme de estos cuatro años que escribiendo un artículo?
Siempre he sido más fan del camino que de la línea de meta, y quizá de ahí viene esa mirada tan característica mía de ver el mundo de color de rosa y buscar lo positivo en todo. Porque es horrible llegar al final de la carrera y pensar: ¿ahora qué?
Después del colegio, llegó el instituto. Después del instituto, la universidad. Los cursos fueron pasando y cuando estás dentro de un aula no te imaginas el momento en que vayas a estar fuera definitivamente. Se siente como algo muy lejano, incluso cuando te faltan días para no volver a pisar el recinto escolar. Pero, de repente, ya no tienes que levantarte a las siete, ni hay una temporada de exámenes en la que debas encerrarte en casa para salvar el curso. Ya no ves a los mismos compañeros día tras día y dejas de rellenar una matrícula cada año. El camino comienza a desdibujarse. Ahora todo depende de ti. Y eso, al menos para mí, nunca había supuesto un motivo de preocupación.

Estoy familiarizada con esa necesidad de control. Soy de las que prefiere encargarse de todo, pero también soy de las que se aferran, de las que quieren conservarlo todo, de las que no permiten que se escape nada porque, aunque soporte la ligereza de saber que nada es tan importante, todo en mí guarda un valor incalculable.
Cada experiencia me atraviesa, me transforma, se funde conmigo. Y soltar eso sí me resulta más complicado. Pero algo “complejo” jamás ha sido sinónimo de “doloroso”, sino más bien de “importante”, de “profundo”, de “indescifrable”. Y esos tres adjetivos me gustan, incluso creo que me definen. A mí y a todo lo que merece la pena. De ahí podría surgir esa guerra en contra de lo efímero, contra los finales o las despedidas. Y es que, lo que tienen en común todos esos términos es la belleza que guarda su carácter, esa cualidad de lograr un equilibrio perfecto entre lo significativo y lo irrelevante. Ya lo advertían los antiguos dioses; nadie nos prepara para los finales, y al mismo tiempo la vida cobra sentido gracias a ellos.

Lo evidenciable es que cada final te prepara para el siguiente. Disminuye el terror a la incertidumbre pero aumenta el vértigo, porque el siguiente escalón es más alto, pero guardas la experiencia de haber escalado los anteriores. Dejando de lado lo incómodo y nostálgico de dejar atrás una etapa y cambiar de círculo de amigos (en el caso de haber disfrutado con ellos), daba miedo dejar el colegio en cuanto al cambio; a los nuevos profesores, las asignaturas y los compañeros, pero da miedo dejar el instituto en cuanto al abanico de posibilidades que esperan fuera y el peso que cobra cada decisión.
Si aprovechas bien los años del curso académico, este está diseñado (teóricamente) para prepararte para su final. Si el objetivo de las clases es que dejes de necesitarlas, ¿por qué cuando se acaban sentimos que las necesitamos más que nunca?— Espera, ¿sigo hablando de las clases?— Supongo que acomodarnos al sistema resulta instintivamente fácil, pero deshacerte de aquello que (asumes) formaba parte de tí, tiene algo de antinatural, ¿o justo eso es lo más natural?

Por algo será que la mejor forma de enseñar a un niño a montar en bicicleta siempre fue soltarle cuesta abajo. Te das cuenta de lo que te ha enseñado cada hora en el aula en el momento en que sabes que no vas a volver a ella. Y qué injusta resulta esta forma de aprender, pero menos mal que atendí a la película de ‘La niñera mágica’ cuando Nanny McPhee dijo:
“When you need me, but do not want me, then I must stay. When you want me, but no longer need me, then I have to go.”
Porque si bien esta lección no logra sopesar mejor los finales ni valorar las cosas cuando se tienen, sí otorga la satisfactoria perspectiva de ser consciente de la valía de las circunstancias, incluso cuando son adversas, lo que hace sopesar con cierta comodidad esta dinámica vital.
Lo que he aprendido del Periodismo
Cool Girls Are Journlist
Después de cuatro años de universidad, prácticas en redacción, cientos de artículos, entrevistas, trabajos y muchas conversaciones sobre el futuro de la profesión, me pregunté qué es lo más valioso que me llevo de todo este camino.

He aprendido que comunicar no es informar. Que los datos por sí solos rara vez transforman a alguien. Lo que realmente conecta son las historias, porque los seres humanos entendemos, recordamos y damos sentido a la realidad a través de ellas.
La frase que más he escuchado a lo largo de estos años es que “los hechos son sagrados”. Lo que viene a decir es que el periodista no es el protagonista de la información, sino el puente entre la realidad y la ciudadanía. Un intermediario que observa, pregunta, contrasta y traduce lo sucedido al servicio de la verdad.

He entendido la importancia de cultivar la capacidad de abstracción (la cual considero la mejor forma de trabajar la inteligencia) encontrando referencias, patrones y conexiones donde antes veía elementos aislados. Nuestro imaginario colectivo se construye a través de símbolos y narrativas que moldean la forma en la que entendemos el mundo.
También he descubierto que lo noticiable es cambiante, que no hay nada capaz de esquivar al paso del tiempo. Lo que hoy ocupa portadas mañana desaparece, sustituido por una nueva historia. La atención humana tiene sus propias reglas y entenderlas resulta casi tan importante como comprender los acontecimientos en sí.

He aprendido que el periodismo es el cuarto poder de la sociedad. Desde que existen comunidades, existen personas encargadas de contar qué está ocurriendo. Informar es una de las formas más antiguas de organización social y la comunicación es una necesidad humana.
Sin embargo, me ha tocado estudiar y empezar a ejercer en la era de la inmediatez. La del consumo rápido de información, la hiperconectividad y la sobreabundancia de estímulos. Y aunque reconozco las enormes oportunidades que ofrece, también creo que cada vez existe más espacio para una respuesta diferente: el movimiento “slow journalism”, el regreso a lo analógico, el análisis profundo y los contenidos que permanecen cuando pasa el ruido.

Las palabras son valiosas porque, a través de ellas, damos sentido a lo que ocurre dentro y fuera de nosotros.
Tengo claro que si no dominas un tema, no te interesa o no tienes nada valioso que aportar, lo mejor es guardar silencio y abrir los oídos. Es más poderoso escuchar antes de hablar e interpretar antes de juzgar.
También he aprendido que es imposible no comunicar y que las apariencias importan. Comunicamos con nuestras palabras, pero también con nuestros gestos, nuestra imagen, nuestro tono de voz, nuestra actitud y nuestras decisiones.

El derecho a la objeción de conciencia demuestra que la moral y los propios valores tienen cabida en cualquier profesión, y van por encima de todo. Que existen situaciones donde la ética entra en conflicto con otros intereses y que la libertad profesional depende de la capacidad de mantenerse fiel a aquello en lo que uno cree y no venderse al mejor postor.
Cada profesional me ha repetido que la curiosidad es la herramienta más poderosa de un periodista y que hay historias en todas partes para quien aprende a mirar.

Estos años me han enseñado a observar más, a preguntar más, a escuchar más y a no dar nada por sentado.
La lección más significativa de todas es que cada comunicador debe encontrar su propia voz. Para mí, esa búsqueda terminó materializándose en Nácar, mi revista digital. Un proyecto nacido de mi amor por las revistas y las historias bien contadas, de la idea de diseñar la vida que queremos vivir, de la necesidad de escribir para entenderme a mí misma y al mundo que me rodea, y del deseo de crear un espacio donde comunicar de una forma más humana y consciente.







Precioso artículo. Me siento igual desde que me gradué, con esa incertidumbre acerca de lo que me espera en los próximos años. Es una etapa difícil y tu artículo me ha ayudado a mirarla desde otra perspectiva, conectando con la frase de la niñera mágica.
me alegro muchísimo que hayas conectado con el artículo!! gracias por tu comentario 🥹🤍💐