Durante el último año, las redes sociales, los cánones de belleza y las tendencias nos han llevado a buscar ser una clean girl: una chica aparentemente perfecta, con rutinas y hábitos impecables donde no hay cabida para la improvisación.
Sus agendas, relaciones y objetivos están medidos y cuidados al detalle. Son las conocidas en redes sociales como chicas tipo A: buenas estudiantes, organizadas, con maquillaje y peinados minimalistas y una imagen femenina y sofisticada. Parecen tenerlo todo bajo control.
Esta aspiración a la perfección y a conseguir esa imagen casi idílica que vemos constantemente en redes puede llegar a convertir a las clean girls en prácticamente clones unas de otras. En nuestro intento por parecernos a aquello que admiramos, podemos terminar apagando nuestra propia esencia.
Pero en los últimos meses, y como contraposición a las clean girls, han empezado a aparecer las messy girls. Chicas que buscan verse espontáneas, despreocupadas y con una identidad propia que las haga parecer cool sin esfuerzo.

Para estas chicas, también conocidas como chicas tipo B, ser chic consiste precisamente en no parecer perfecta. En cualquier ámbito de su vida, desde las relaciones hasta los estudios, pasando por el maquillaje o el pelo, la imperfección se convierte en la nueva aspiración.
Y aquí aparece una contradicción que me parece interesante: ¿realmente nos hemos cansado de intentar parecer perfectas o simplemente hemos cambiado la forma en la que queremos parecerlo?
Porque incluso la espontaneidad puede convertirse en una estética. El pelo despeinado, el maquillaje aparentemente descuidado, las habitaciones desordenadas o esa fotografía que parece hecha sin pensar pueden estar tan cuidadosamente construidos como antes lo estaba la imagen de la chica perfecta. Hemos pasado de querer parecer que tenemos nuestra vida bajo control a querer parecer que no nos importa tenerla.

La chica “tipo C”
Y quizá el problema esté precisamente ahí: en sentir que tenemos que parecer algo. Por eso creo que no deberíamos intentar convertirnos ni en una chica “tipo A” ni en una chica “tipo B”, sino en una chica tipo C. Una chica que pueda cuidar sus hábitos y esforzarse por conseguir sus objetivos sin sentir que tiene que hacerlo todo perfecto. Que pueda ser organizada y, al mismo tiempo, tener días caóticos. Que pueda querer verse guapa y sofisticada y también salir a la calle con el pelo despeinado. Que pueda ser ambiciosa sin convertir cada minuto de su vida en una oportunidad para ser productiva.Una chica que no necesite escoger entre ser perfecta o parecer que no le importa nada. Porque quizá la verdadera libertad no está en pasar de la clean girl a la messy girl, sino en dejar de sentir que tenemos que encajar en una de ellas.

Las redes sociales nos ofrecen constantemente imágenes de cómo deberíamos vestirnos, comportarnos, estudiar, relacionarnos o incluso sentirnos. Y cuanto más intentamos parecernos a esas imágenes, más fácil es que terminemos pareciéndonos todas entre nosotras.
De hecho, si nos paramos a observar a las mujeres que realmente admiramos, probablemente descubramos que muchas de ellas no tienen absolutamente nada que ver unas con otras. No las admiramos porque todas sigan la misma estética, tengan los mismos hábitos o hayan construido la misma vida. Las admiramos porque tienen algo que no se puede copiar: su propia esencia.
Quizá eso sea lo que deberíamos intentar conservar por encima de cualquier tendencia. No ser la chica perfecta ni la chica perfectamente imperfecta. Simplemente ser nosotras mismas, con nuestras virtudes, nuestros defectos, nuestros días buenos y nuestros días malos.
Porque al final, ¿de qué sirve conseguir parecer exactamente como queremos si, en el proceso, dejamos de parecernos a nosotras mismas?






