De Vivienne Westwood a Alexander McQueen, la figura de la bruja ha atravesado la historia de la moda como símbolo de rebelión, amenaza y poder femenino. Entre sombreros puntiagudos, siluetas deformadas y rituales escénicos, los diseñadores han encontrado en su imaginario una forma de desafiar los ideales de belleza y cuestionar los límites de lo aceptable.
La silueta de la bruja, tradicionalmente asociada a la oscuridad, el bosque y lo sobrenatural, ha encarnado durante siglos los miedos de una sociedad que convirtió a determinadas mujeres en amenazas. La bruja es la anciana de nariz afilada, la hechicera que conoce los secretos de las plantas, la mujer que habita al margen de la comunidad y aquella cuyo cuerpo, cuya sexualidad o cuyos conocimientos escapan al control de la sociedad. Pero también es una figura de resistencia: alguien que se niega a ocupar el lugar que le ha sido asignado.
La moda, con su capacidad para construir personajes, alterar cuerpos y transformar símbolos, ha encontrado en ella un territorio especialmente fértil. Desde las provocaciones punk de Vivienne Westwood hasta las visiones perturbadoras de Alexander McQueen, pasando por el universo experimental de Rei Kawakubo, la bruja ha abandonado el cuento de terror para instalarse en la pasarela. A veces aparece de manera literal, con sombreros puntiagudos, pentagramas y referencias al ocultismo; otras, se manifiesta a través de cuerpos extraños, atmósferas opresivas y mujeres que parecen escapar de cualquier clasificación.
En este territorio, el terror deja de ser un simple recurso estético. Se convierte en una herramienta para cuestionar la belleza, la feminidad y el poder. La pasarela puede ser un aquelarre, el vestido una armadura y el cuerpo femenino un espacio de conflicto. Y la bruja, lejos de ser una mera fantasía, se revela como uno de los personajes más incómodos y fascinantes de la historia cultural.

La bruja como símbolo de resistencia
La imagen de la bruja ha estado relacionado con lo prohibido, su independencia y su rechazo de las convenciones la convirtieron en un personaje idóneo para aquellos diseñadores interesados en transformar las reglas al vestir.
En 1983, Westwood presentó Witches, una colección que conectaba su universo punk con un imaginario esotérico y fantástico. El interés por las referencias históricas, la cultura underground y los códigos de vestimenta no convencionales permitió convertir a la bruja en algo más que un personaje siniestro. Su estética funcionaba como una declaración de independencia: vestirse como una bruja era, también, negarse a parecer una mujer respetable según los parámetros establecidos.
La propuesta encontraba así una correspondencia natural con la actitud punk. Ambas compartían el gusto por lo marginal, el rechazo de lo correcto y un interés en incomodar. La ropa dejaba de ser un instrumento de integración social para convertirse en una manera de desafiarla.

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En la primavera-verano de 1993, Martine Sitbon presentó una estética que quedó asociada a la figura de la bruja gracias a Kate Moss, que desfiló con un sombrero puntiagudo y un vestido negro. La imagen tradicionalmente asociada al miedo se convertía en un icono.
El sombrero, uno de los atributos más reconocibles de la bruja, dejaba de ser un disfraz para adquirir una nueva dimensión. La silueta oscura y deliberadamente misteriosa ya no representaba únicamente el mal o lo sobrenatural, sino una feminidad alternativa, difícil de domesticar. La bruja podía ser atractiva sin ser complaciente, femenina sin resultar convencional y poderosa sin necesitar la aprobación de nadie.

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Años más tarde, Luella Bartley en su colección de otoño-invierno de 2008, juntó folclore y el paganismo, donde la figura de la hechicera se alejaba del terror clásico para acercarse a una identidad colectiva, rebelde y consciente de su diferencia.

El cuerpo monstruoso y la mujer perseguida
Si la bruja ha sido históricamente objeto de persecución, es porque su figura reúne varios de los temores que las sociedades han proyectado sobre las mujeres: el conocimiento independiente, la sexualidad no sometida, la vejez o la negativa a cumplir determinados roles. La monstruosidad que se le atribuye no es, por tanto, únicamente física. También es moral y social. La bruja es aquella a quien se señala porque no encaja.
La moda de Alexander McQueen permite explorar esta relación entre cuerpo, exclusión y espectáculo. En VOSS, su colección de primavera-verano de 2001, el diseñador convirtió la pasarela en una estructura cerrada que evocaba una institución psiquiátrica. Las modelos aparecían atrapadas tras superficies reflectantes, observadas por el público como si fueran pacientes sometidas a vigilancia. La presentación terminaba con la apertura de una caja de cristal en cuyo interior se encontraba una figura rodeada de polillas.

Aunque VOSS no fue una colección dedicada literalmente a la brujería, su puesta en escena nos hace preguntarnos quién tiene el poder de decidir qué cuerpos son normales y cuáles deben ser encerrados, exhibidos o castigados. El espectador contempla a las modelos, pero también queda implicado en la violencia de esa mirada. La diferencia se convierte en espectáculo y la vulnerabilidad, en objeto de consumo. Es precisamente ahí donde la colección encuentra su conexión con el imaginario de la bruja, en la construcción de una mujer monstruosa a través de la mirada ajena.
Esta lectura adquiere un sentido todavía más explícito en la colección de otoño-invierno de 2007 del diseñador. McQueen incorporó referencias a los juicios de Salem. La presencia de símbolos asociados al ocultismo y la evocación de una mujer condenada por brujería conectaban la historia familiar con una memoria colectiva de persecución.
La relación entre belleza y monstruosidad también atraviesa el trabajo de Rei Kawakubo. En Blue Witches, su colección de primavera-verano de 2016 para Comme des Garçons, la figura de la bruja puede leerse a través de la alteración de las proporciones, los volúmenes y la silueta. Al rechazar las proporciones convencionales, sus prendas cuestionan la asociación entre belleza y normalidad. La bruja aparece entonces como una figura que no necesita adaptarse a los ideales de feminidad para existir.

El aquelarre, el sacrificio y el ritual
Hay un momento en el que la pasarela deja de parecer un desfile y comienza a comportarse como una ceremonia. La música, la iluminación, la repetición de los pasos y la disposición de los cuerpos producen una atmósfera casi mágica. El público siente que algo está apunto de suceder.
La figura de la bruja resulta especialmente apropiada para este tipo de escenarios. El aquelarre, el círculo mágico, los símbolos paganos y la idea del sacrificio ofrecen a los diseñadores una narrativa con la que transformar la moda en una experiencia inquietante.
Gareth Pugh en su colección de primavera-verano de 2015, las referencias a la simbología ocultista y los motivos paganos contribuyeron a crear un universo en el que el vestuario parecía formar parte de un ritual. Las prendas no se limitaban a cubrir el cuerpo: lo convertían en una presencia amenazante, casi ceremonial. En este tipo de propuestas, el vestido puede funcionar como una armadura o como un uniforme.

El aquelarre posee, además, una dimensión política. Tradicionalmente, las reuniones de mujeres fuera de los espacios de autoridad masculina fueron imaginadas como lugares de conspiración y amenaza. La fantasía de una comunidad femenina que comparte conocimientos, deseos y prácticas al margen de las instituciones alimentó parte del imaginario de la brujería. Convertido en representación estética, el aquelarre puede sugerir una comunidad que se organiza bajo sus propias reglas.
Jean Paul Gaultier ha explorado en diferentes momentos las fronteras entre la seducción, el terror y la teatralidad. Sus referencias góticas, vampíricas y fantásticas permiten ampliar el análisis hacia una moda en la que la oscuridad se vuelve sensual.

En este punto, resulta interesante distinguir entre el ritual propiamente dicho y la estética de lo ritual. No toda prenda oscura remite a una ceremonia, ni toda referencia a la sangre implica una representación del sacrificio. Lo significativo es observar cómo ciertos recursos visuales producen una sensación de amenaza o transformación.
El sacrificio, por su parte, introduce una dimensión más violenta. En narrativas tradicionales, la mujer que se aparta de la norma debe ser identificada, expuesta y, finalmente, eliminada. En la pasarela, la figura antes condenada regresa revestida de poder, ocupando el centro del espectáculo en lugar de desaparecer de él.
El poder femenino y la belleza de lo prohibido
La historia de la brujería no puede reducirse a una colección de símbolos oscuros. También está atravesada por la relación entre las mujeres y los saberes que escapaban al control de las instituciones: los remedios tradicionales, el conocimiento de las plantas, las prácticas curativas y las formas de espiritualidad transmitidas fuera de los espacios oficiales.
La moda contemporánea ha encontrado en esta dimensión una posibilidad de reinterpretar la bruja. Frente a la imagen de la mujer peligrosa que debe ser castigada, aparece la figura de alguien que posee un conocimiento propio y cuya autonomía constituye, precisamente, el motivo de su exclusión.
En este sentido, la colección Brujería, presentada por Víctor Barragán en 2020, ofrece una perspectiva especialmente interesante. El diseñador mexicano ha trabajado con referencias a la brujería, los rituales y las tradiciones espirituales desde un contexto cultural diferente al europeo.

Iris van Herpen permite llevar esta reflexión hacia otro territorio. Su colección Hybrid Holism, de otoño-invierno de 2013, explora la relación entre el cuerpo, la materia y los sistemas orgánicos. Aunque no se trata de una colección explícitamente dedicada a la brujería, muestra la posibilidad de cambiar de forma y escapar de una identidad fija.

La bruja contemporánea puede ser, por tanto, una hechicera, una artista, una mujer perseguida o una figura imposible de clasificar. Su poder no se queda necesariamente en lo sobrenatural, sino en la posibilidad de construir una identidad que no dependa de las normas establecidas.
Las pasarelas muestran, de manera creativa, como los diseñadores son capaces de contar una historia que debe ser recordada, mezclando lo bello con lo perturbador. Y qué sucede cuando aquello que se consideraba monstruoso pasa a ocupar el centro de la pasarela. La relación entre la brujería y la moda oscila entre la fascinación estética, la representación de símbolos históricos y las ganas de cuestionar los modelos de feminidad.

Por eso resulta importante distinguir entre la bruja como disfraz y la bruja como concepto. Entre reproducir una iconografía reconocible y explorar las estructuras sociales que la hicieron posible. En un universo obsesionado con controlar el cuerpo y perfeccionar la imagen, sobre todo el de la mujer, las brujas nos recuerdan la posibilidad de presentarse en el mundo y transformarse libremente sin miedo.






