La voz que me destruía no era yo
He evitado escribir este artículo, puede ser porque la voz en mi cabeza sigue viva, y es curioso porque lo estoy haciendo, en parte, a propósito, para cambiar patrones tóxicos que aún arrastra mi cerebro. También estoy comiéndome un cruasán que he sobrepensado si comérmelo durante varias horas (entre medio me he dormido una hora) y seguía pensando si comérmelo a pesar de haberme comido un helado después de comer, pero aquí estoy, escribiendo, comiendo, y luchando un día más.
¿Conoces esa sensación de insatisfacción cuando has hecho algo que una parte de ti no quería hacer, y aun así lo has hecho? Pues exactamente eso me pasa a mí, cada día, con comer.
Hoy he decidido exponer uno de los temas más íntimos y vulnerables para mi, un problema que ha formado parte de mi vida y sigue presente, en especial durante este último año. Vengo a tratar específicamente un trastorno de la conducta alimentaria que empezó con restricciones durante varias etapas de mi vida y ha acabado desembocando en anorexia nerviosa.
Me gustaría aclarar que ahora me encuentro recuperándome de esta última etapa y saliendo del modo supervivencia y ansiedad constante con la comida, encontrándome a mí misma en un estado de paz, de recibir, de sentir, de recuperar el sentido de la vida y aprender a vivir en un estado de abundancia y de aceptación, mientras veo que esa voz, ese monstruo, se diluye poco a poco.
Pero sigo en el camino y quiero reflejar mi experiencia, lo que estoy aprendiendo y cómo lo estoy afrontando de la manera más pura y sincera, aunque me haga vulnerable y humana, porque aquí todos lo somos.

Es un camino difícil, te lo digo mientras me sigue temblando la mano mientras como. Además pienso que esto puede ayudar a más personas y darle la visibilidad que merecen estos temas. Si leyendo esto conectas con alguna situación que estés viviendo ahora mismo, te pido por favor que pidas ayuda. He tratado de buscar recursos en Substack para las personas que nos estemos recuperando, pero no he encontrado nada.
Si alguien sabe de alguno, agradecería que lo dejaráis en comentarios ❤️🩹
Si estás pasando por un TCA o crees que puedes estar en esa situación, puedes contactar con la Asociación contra la Anorexia y la Bulimia (ACAB) 93 414 16 20. También puedes escribirles en acab.org, no estás sola.
¿Qué está pasando en nuestro cuerpo?
Un TCA no es un capricho. No es falta de voluntad. No se elige pasarlo. No les pasa solo a chicas con niveles altos adquisitivos porque tienen “demasiado tiempo” ni es nada nuevo causado por esta era tan tóxica que estamos viviendo con las redes sociales.
La anorexia lleva documentada desde el siglo XVII, tanto en culturas donde hay escasez de comida, como en las que no. No han aumentado las tasas con las redes ni es un problema moderno de imagen corporal (no digo que no lo propicie, pero no es algo actual). Es una disrupción neurológica y biológica que existe desde hace siglos. Las personas con anorexia sabemos qué es lo que nos está haciendo daño, y aun así, no podemos parar. Empezaré explicando que hay una capa mucho más profunda de aquello que pensamos.
Las consecuencias físicas
Antes de entrar a explicar cómo funciona el cerebro, es importante hablar sobre nuestro cuerpo, y quiero hablar de ello porque arrastro muchas de estas consecuencias físicas, porque la anorexia es un estado mental y físico.
– Pérdida masiva de masa muscular, porque el cuerpo empieza a consumirse. Siempre fui una persona de gimnasio, me gustaba levantar pesado, gané mucha masa muscular, y sufrí comentarios de que me veían como un hombre, que no era femenina. A día de hoy esa masa muscular ya no está.
– Frecuencia cardíaca baja y presión arterial baja, como intento del organismo de gastar menos energía.
Sentir que puedes morirte y decidir encerrarte en ti misma, pensando que algún día, ya saldrás.
– Mareo y desmayos.
Vivir como un zombie y aún así cerrar los ojos y seguir llorando.
– Pérdida de densidad ósea (osteoporosis) en personas jóvenes.
Se me ha contraído un nervio de detrás de la rodilla y perdí sensibilidad de un pie.
– Desaparición de la menstruación, porque cuando no hay suficiente grasa corporal el cerebro literalmente apaga las señales que activan la ovulación.
En mi caso, tengo una amenorrea hipotalámica desde hace 9 meses.
– Crecimiento de vello fino en el cuerpo (lanugo) como intento de aislarse del frío cuando ya no hay grasa que proteja.
Me ha crecido vello en lugares que no sabía que podía crecer.
– Alteraciones graves del sistema inmune y digestivo.
Sentir el hambre por momentos y pasar a no sentir hambre aún pasando 12 horas sin comer.
Y luego está el colesterol, tenemos niveles de colesterol altísimos, incluyendo LDL (el “malo”), a pesar de comer muy poco. Porque el hígado necesita colesterol para fabricar las hormonas sexuales, estrógeno y testosterona, que son esenciales para el funcionamiento del cuerpo. Por eso, cuando no llega suficiente colesterol de la alimentación, el hígado empieza a fabricarlo él solo. Esto evidencia hasta qué punto nuestro cuerpo lucha por sobrevivir incluso cuando se le priva de todo.
Mi médico de cabecera no entendía mis analíticas, decidió mandarme al endocrino porque no entendía por qué tenía el colesterol tan alto a pesar de que yo comiera alimentos sanos y nada de ultraprocesados, pero yo sí lo sabía, y el endocrino tampoco me dio solución, se limitó a decirme que todo es mental, como muchas conversaciones con otros profesionales.
A todo esto, la anorexia es el trastorno psiquiátrico con mayor tasa de mortalidad, por encima de la depresión. El número de personas que mueren por trastornos de la conducta alimentaria no está lejos del número de muertes por accidentes de tráfico, es una realidad que durante mucho tiempo se ha minimizado.

¿Qué le pasa a nuestro cerebro?
El cerebro recibe constantemente dos tipos de señales del cuerpo: las mecánicas, preguntándose, ¿hay algo en el estómago?, y por otra parte, químicas, ¿qué nutrientes hay en sangre? ¿qué reservas de grasa existen?
Hay neuronas que actúan como acelerador del hambre y neuronas que actúan como freno, y hay hormonas que viajan desde la grasa corporal hasta el cerebro informando del estado de las reservas.
En una persona sin este trastorno, todos estos sistemas trabajan juntos para mantener el equilibrio. Pero en un TCA, esos sistemas se desajustan y el conocimiento consciente (saber que necesitas comer o que lo que haces es peligroso) no es suficiente para cambiar el comportamiento, ya que el problema no está en el pensamiento.
Tenemos diferentes capas. Está lo que sabemos que deberíamos hacer y lo que realmente hacemos. Pero en medio de estas dos, ocurren los procesos homeostáticos, que son los sistemas automáticos del cuerpo que buscan el equilibrio. Y también los sistemas de recompensa, lo que el cerebro percibe como placentero o amenazante. Un TCA es una disrupción de esas dos fuerzas intermedias, por eso NO FUNCIONA decirnos “come más”.
Formamos un hábito neurológico
La investigadora Joanna Steinglass en la Universidad de Columbia redefine la anorexia, afirma que “es un problema de hábito”. El cerebro tiene dos sistemas, uno más consciente, que se plantea las opciones y considera las consecuencias, y otro más automático, que crea comportamientos sin pasar por el pensamiento consciente, que puede ser igual que caminar, o respirar.
Para las personas que pasamos por anorexia, la restricción se ha convertido en un hábito neurológico, y ese hábito, está conectado al sistema de recompensa. Porque nuestro cerebro libera dopamina (la sustancia asociada al placer y la motivación) cuando evitamos ciertos alimentos. Literalmente nos sentimos bien restringiendo, porque nuestro cerebro ha aprendido a través de la repetición, que eso es la recompensa.
Cuando evaluamos la comida, calificándola como “buena” o “mala”, la zona de toma de decisiones se activa, el córtex prefrontal. Pero la que dirige el comportamiento es el estriado dorsolateral, que es la zona de los hábitos automáticos. Lo que sucede entonces es que el hábito ya no pasa por el pensamiento consciente, sino que ya se ha convertido en algo automático.
Otra de las cosas es que desarrollamos una capacidad para detectar la grasa de los alimentos, como si fuera un reflejo, como una habilidad nueva. Vamos al súper y tenemos un filtro en los ojos que causa aceptación o rechazo cuando ve un alimento, y se convierte en automático, es una lucha constante. Por eso NO FUNCIONA dar información nutricional, nuestro hábito está tan grabado en una capa del cerebro que no responde a esos argumentos racionales.

La comida no tiene poder, se lo ponemos nosotras
La comida en sí misma no tiene ningún poder, ni moral, no dice nada sobre quién eres, y no es una amenaza. Lo que sí tiene poder es el significado que le hemos asignado. No es algo que hayamos elegido conscientemente, lo hemos aprendido, repetido tantas, tantas, tantas veces que se convierte en nuestra realidad. Porque la realidad objetiva, es que estamos comiendo y nuestro cuerpo digiere la comida. Pero de mientras, estamos construyendo una narrativa alrededor de todo ese proceso, y aquí salen frases como “lo estás haciendo todo mal”, “ya no hay vuelta atrás”, “pero si me como eso ya son muchas calorías, mejor no”, mientras, a la vez, pasan por nuestra cabeza imágenes sobre nuestro cuerpo haciéndose cada vez más grande, es crear una realidad en nuestra cabeza que a nivel físico no existe. Nos acaba aterrorizando tanto, que junto a los hábitos automáticos que hemos construido, sin saberlo, entramos en un bucle del que cuesta mucho podemos salir, y nos encerramos en compensar y tratarnos mal, como si nuestro cuerpo y organismo fuera algo totalmente paralelo, como si la cabeza y el cuerpo fueran dos cosas separadas.
Esa voz que nos negocia decisiones, que nos juzga, que nos aterroriza, no es nuestra identidad, es una voz que con el tiempo hemos confundido con nosotras mismas porque llevamos tanto tiempo escuchándola que ya no sabemos distinguirla. Es miedo, mucho miedo, porque nuestro cerebro aprendió que ser de determinada forma, tener el control de todo, ser perfeccionista (y encima que nos lo premien, por ejemplo, en el colegio con buenas notas e intentar ser la mejor, como me pasaba a mí), y que eso nos protegería del rechazo, de la crítica o de no encajar.
Esa protección nos está costando la vida. Es más fácil culpar a la comida que enfrentarte al miedo, porque el miedo es el rechazo, no ser suficiente, y culpar a la comida la convierte en nuestro enemigo, y eso es una lucha, pero una lucha muy agotadora y constante.
La percepción sobre nuestra imagen corporal se distorsiona
Las personas con anorexia no nos vemos como nos vemos realmente, decirnos “estás muy delgada, necesitas comer”, otra vez, NO FUNCIONA. Y de verdad que no es negación, es que nuestro cerebro procesa nuestra propia imagen de una manera diferente, y aunque estemos cambiando hábitos, esa percepción sigue. A mí me sigue pasando y no me doy cuenta hasta que voy a pilates y me comparo con los cuerpos que veo a mi alrededor, o cuando pregunto a mi madre si puede enseñarme un cuerpo parecido al mío, y me señala el cuerpo de una niña de 7 años, yo teniendo 21.

Cómo estoy utilizando la neuroplasticidad para recuperarme
Quiero que este mensaje quede muy claro, LA RECUPERACIÓN ES POSIBLE. Aunque lo veas muy lejos, aunque no lo creas, aunque estés luchando con tu cabeza, aunque esa voz interna persista y no pare, se puede salir de esto. Te lo digo con la mano en el corazón como persona que sigue luchando a día de hoy, y lo voy a seguir haciendo porque sé me voy a recuperar.
Nuestro cerebro cambia, y cambia siempre a cualquier edad, y eso solo lo va a hacer a través de la experiencia repetida, construyendo nuevas conexiones neuronales, debilitando las antiguas, y rompiendo esos hábitos que nos causan recompensa.
Uno de los motivos de cómo he llegado hasta este punto, es siendo consciente de lo que me pasa, y pudiendo escribir todo esto, aún estando recuperándome. Ha sido por reconocer los patrones de esos hábitos automáticos con la comida, darme cuenta de cuando se me acelera el corazón, cuando dejo de concentrarme por pensar en comida, darme cuenta del alto nivel de concentración que tengo cuando pienso en ciertos alimentos, darme cuenta de verdad de mi propio estado interno, de cómo está respondiendo mi cuerpo, de hacerme caso, de analizar mis pensamientos, de sentir el nerviosismo, el miedo, el estado de alerta, sentir cómo mi cuerpo está sobreviviendo, entre muchas otras cosas.
Y también me ha ayudado el actuar como una versión de mí que ya es libre y tiene una relación sana con la comida, actuar como la persona que realmente quiero ser alrededor de la alimentación y el movimiento, definir muy claro cómo quiero sentirme cuando como, qué pensamientos quiero tener sobre la comida. Que sean pensamientos sanos, definirme como una persona con total libertad, que no le da poder a la comida, que siente el poder en sí misma, que escucha su cuerpo, que come cuando lo necesita, y entiende que su cuerpo sabe regularse por sí mismo.
Porque cada vez que lo hago estoy creando una nueva experiencia para mi cerebro, le estoy demostrando que el mundo no se acaba, que puedo comer eso y seguir siendo yo, porque si repito la restricción el cerebro va a reforzar la restricción, pero si repito la libertad, aunque sea incómoda, aunque la voz grite, aunque me atormente, aunque me dé miedo, mi cerebro va a empezar a construir la libertad que realmente quiero alcanzar.
Aunque suene extraño, reconocer mis patrones de comportamiento, me está haciendo tomar mejores decisiones, recuperarme, saber cómo funciona realmente mi cerebro me ha permitido ver la luz, y desde allí trabajar para empujarme a la recuperación.

Cómo lo estoy viviendo
Hace cuatro meses yo no quería salir de todo esto, yo me negaba a ver mi propia realidad mental y física, cuando iba al médico y me decían que tenía anorexia yo decía que no, que no me quiero definir como eso, “no tengo anorexia”.
Cuando no era consciente de lo que me estaba pasando, me trataba muy mal, y de esto no ha pasado ni un año, me duele mirar atrás, me duele mucho, porque no me lo merezco, traté de maquillar ese dolor de otras experiencias que me habían pasado en mi vida con control, porque es lo que me daba seguridad, y lo hice también en los estudios, en mis horarios, en el gimnasio, en ser la pareja perfecta, la hija perfecta, la estudiante perfecta…
Cuando llegué a España hace seis meses, al terminar con mi última relación, vi a mi madre llorar por verme tan delgada y preguntarme mil veces qué me había pasado, pero aún así no decidí cambiar. Empecé a cambiar (hace tres meses más o menos), cuando empecé a informarme sobre cómo funciona nuestro cerebro, y me di cuenta, y di explicación a todos estos patrones que estaban estancados en mi cabeza. Empecé a trabajar en ellos, enfrentándome al miedo, al silencio, a mi sistema nervioso y a mi estado de alerta.
A día de hoy, no he recuperado la regla, pero mi sistema nervioso está mucho más regulado, desde que he empezado a comer con más libertad, no me mareo. Mi energía está mucho más estable durante el día, tengo ganas de hacer cosas, no me cuesta levantarme de la cama, puedo estar con personas y ser presente sin estar pensando en comida, mi cabeza ya no trata de predecir cada caloría, darme la libertad está siendo mi mayor regalo y nunca podría estar más agradecida de haber llegado hasta aquí y seguir construyéndome, a parte de compartir mi proceso para ayudar a las personas que necesiten escucharlo.
Gracias por leer hasta aquí. Este texto me ha costado mucho escribirlo, si ha conectado contigo de alguna forma o conoces a alguien que esté pasando por una situación similar, envíaselo, para mí, ya ha habrá valido la pena con tal de ayudar a una sola persona. Si estás pasando por algo parecido, que sepas que no estás sola. Y si no, quizás ahora entiendes un poco mejor a alguien que sí lo está.
Dejó mi canal de YouTube donde también estoy compartiendo mi proceso YouTube <3 también podéis encontrar el artículo en mi Substack
Con amor, Anyka 🤍
Si quieres profundizar en la neurociencia detrás de todo esto, Andrew Huberman dedicó un episodio completo a los TCA en su podcast Huberman Lab, titulado «Healthy Eating & Eating Disorders: Anorexia, Bulimia, Binging» (Episodio 36, septiembre 2021), donde explica exactamente estos mecanismos de hábito y recompensa en la anorexia. Además, el trabajo de la Dra. Steinglass recibió financiación directa del propio Huberman Lab para seguir investigando estos circuitos cerebrales.





